Una “ley hermosa”, una deuda peligrosa para el dólar

La ‘Big Beautiful Act’ es -o parece- una jugada audaz y popular en lo político, pero sus consecuencias económicas a medio y largo plazo son inquietantes.

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María Jesús Valdemoros

Publicado el 09/07/2025 a las 05:00

El presidente Donald Trump, en su segundo mandato al frente de Estados Unidos, ha logrado un importante triunfo político con la aprobación de la llamada 'Big Beautiful Act'. Esta nueva ley se presenta como una muestra de fuerza legislativa y como un guiño a su base electoral. Tal como prometió, habrá más gasto en infraestructuras, defensa y control migratorio, combinado con recortes de impuestos para familias y empresas —especialmente favorables para los más ricos—. En palabras del propio Trump, una “ley hermosa”, pensada para devolver el esplendor económico a Estados Unidos.

Pero más allá del éxito político y mediático, la 'Big Beautiful Act' encierra un riesgo que apenas se ha discutido en la opinión pública. Sus medidas pueden debilitar el papel del dólar como moneda dominante en la economía internacional. Aunque esto pueda parecer una preocupación lejana, sus implicaciones son profundas. El poder global del dólar es, desde hace décadas, uno de los principales pilares del liderazgo económico de EE UU.

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La nueva ley tiene un efecto inmediato. Se trata de una política fiscal expansiva que aumentará el déficit público. El Tesoro estadounidense recaudará menos por los recortes fiscales y gastará más en las nuevas partidas presupuestarias. Esto significa, en la práctica, que el Estado tendrá que endeudarse aún más para cubrir la diferencia. No se trata de un pequeño ajuste, ni mucho menos. La 'Big Beautiful Act' llega en un momento en que la deuda pública estadounidense supera ya los 36 billones de dólares, una cifra que genera creciente inquietud entre economistas y mercados financieros.

El problema no es solo el tamaño de la deuda, sino lo que representa para el mundo. Durante décadas, los bonos del Tesoro han sido considerados el activo más seguro del planeta. Los gobiernos, bancos centrales, fondos de inversión y ahorradores privados los han comprado con confianza, sabiendo que el dólar es una moneda estable, respaldada por la mayor economía del mundo y aceptada en todas partes. Una divisa que se utiliza como moneda internacional para todo tipo de operaciones, tanto comerciales como financieras. Esa confianza ha permitido a EE UU endeudarse sin grandes consecuencias: siempre había alguien dispuesto a prestarle dinero.

Pero esa lógica puede empezar a resquebrajarse. Si el déficit sigue creciendo sin control, y si la deuda pública se dispara sin una estrategia creíble para contenerla, los inversores podrían empezar a exigir mayores rendimientos para seguir financiándola. En ese sentido, el mercado de bonos estadounidense ya ha dado algún susto recientemente. Además, algunos de estos inversores podrían preferir diversificar sus carteras y reducir su exposición al dólar. En otras palabras, los títulos de deuda estadounidenses se volverían menos atractivos, y con ellos, el dólar. Este deterioro de la confianza se ve agravado por el giro hacia políticas comerciales proteccionistas. El aislacionismo —otro sello distintivo de la política económica de Trump— choca con el papel que EE UU ha desempeñado durante décadas como garante de un orden económico global abierto. Un país que comercia menos con el mundo genera menos necesidad de dólares fuera de sus fronteras y anima a la búsqueda de medios de pago alternativos.

¿Es esto necesariamente negativo para EE UU? A corto plazo, no. De hecho, una depreciación del dólar podría abaratar las exportaciones estadounidenses, haciendo más competitivos sus productos en el extranjero. Pero perder la hegemonía monetaria del dólar implica mucho más que una simple variación del tipo de cambio. Ser la principal moneda de reserva mundial otorga ventajas únicas: permite a EE UU financiar su deuda en su propia moneda, atraer inversión extranjera sin ofrecer grandes rendimientos, imponer sanciones económicas efectivas y mantener una influencia desproporcionada en los mercados internacionales. Perder ese estatus sería una pérdida de poder real, difícil de recuperar.

Además, los efectos internos también se harían sentir. Si la confianza en el dólar se erosiona, financiar el déficit se volverá más costoso. La Reserva Federal podría verse obligada a endurecer su política monetaria, encareciendo el crédito y afectando al consumo y la inversión. La inflación sería más difícil de controlar y el margen de maniobra de la política económica se reduciría notablemente.

En definitiva, la 'Big Beautiful Act' es —o parece— una jugada audaz y popular en lo político, pero sus consecuencias económicas a medio y largo plazo son inquietantes. Aumentar el déficit en un contexto de tensiones geopolíticas y menor apertura comercial pone en riesgo uno de los activos más valiosos de EE UU: la confianza mundial en su moneda. Trump ha prometido devolver la grandeza a Estados Unidos. Tal vez lo consiga. Pero le resultará mucho más difícil sobre una montaña de deuda y con un dólar alejado de su actual posición central en el sistema monetario mundial.

María Jesús Valdemoros. Economista. 'Lecturer' en IESE Business School

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