Pamplona, capital taurina
"Pamplona es de San Fermín, el que da sentido a su fiesta, el de su procesión y los momenticos. Pero, con permiso del
santo, Pamplona es sobre todo del toro"

Publicado el 06/07/2025 a las 05:00
Pamplona es muchas cosas, por supuesto. Pero, si preguntamos por el mundo, la respuesta es sencilla: Pamplona es la ciudad de los Sanfermines, del encierro, de Hemingway, del rojo y blanco, de los toros… Como dice la canción, “Pamplona es tan pequeña que no se ve en el mapa…”, pero del 6 al 14 de julio es la capital del mundo, aquella sobre la que se fijan todas las miradas a las 8 de la mañana. Ni Londres, ni París, ni Nueva York: Pamplona.
Sabemos que Pamplona es de San Fermín, nuestro santo, para el que se viste de gala y el 7 de julio “suenan las campanas, suben los cohetes, músicas sin fin…”, el que da sentido a su fiesta, el de su procesión y sus momenticos, el de la escalera de seis misas y el que “por ser nuestro Patrón, nos guíe en el encierro…”. Unos Sanfermines sin San Fermín son como un mar sin agua.
¿ERES SUSCRIPTOR? AQUÍ TIENES MÁS INFORMACIÓN SOBRE ESTE TEMA
Amplía la información sobre OPINIÓN en la edición e-paper de Diario de Navarra, disponible a diario para suscriptores de papel y PDF
Pero, con el permiso del santo, Pamplona es sobre todo del toro. Nos levantamos con las dianas —o sin ellas— para el encierro; para correrlo o para verlo, pero siempre para sentirlo; almorzamos, desayunamos unos churros o bailamos la alpargata cuando acaba; recortadores o toros en familia es un buen plan de media mañana; la chistorra en el apartado nos sabe mejor; tras comer, qué mejor que ir a la plaza con La Pamplonesa y las mulillas; si quieres ambiente, acompaña en romería la entrada —y la salida— de las peñas para disfrutar de la corrida, los amigos, las ocurrencias de sol y la merienda; y acabamos el día dando un garbeo hacia el encierrillo. O a los fuegos.
Y a esto llegamos con esa ilusión que se renueva cada año de haber visto poner los tablones días antes, o de haber ido a los corrales del gas con amigos, los hijos o los nietos, a ver todas las ganaderías, donde ¡no hay una fea!, donde todos los toros son preciosos, impresionantes… ¿Qué otra fiesta del mundo —ninguna, ni siquiera las Fallas, la Feria de Abril o San Isidro— gira con esta precisión alrededor del rito taurino?
No hay jota sanferminera ni himno de peñas que no hable del encierro. Los de Bronce, o corren más o les va a pillar el toro; a los de San Juan/Donibane, si el encierro has de correr, ven prontico a la Estafeta…; corriendo en el encierro, allá en el callejón, los de la peña Aldapa, qué valientes son; los de la Única corren en el encierro con mucha vista y valor; los del Muthiko dicen que ante los toros este año no han de correr…; y tres cosas tiene Pamplona y muy castizas las tres: el encierro, las chavalas y el bullicio pamplonés...
Porque en Pamplona lo importante es el toro. Ese toro serio, íntegro, con trapío. Ese toro que llevamos corriendo más de seis siglos por las calles y venerándolo después en la arena. Ese toro que Pamplona lo definió como protagonista cuando en 1959 le instauró su feria: la Feria del Toro. No es una moda, ni una ocurrencia folclórica: es un ritual que atraviesa generaciones. Parafraseando a Joselito ‘el Gallo’, la Feria del Toro no es una feria cualquiera. Es un certamen donde el toro es el rey y el torero se somete. Pamplona da miedo, y ese miedo eleva al torero que triunfa.
Por eso, decir que las fiestas de San Fermín se celebran alrededor de los toros no es exagerado. Como no lo es decir que Pamplona es la capital del toro. Es una constatación. Negarlo es desconocer la realidad, estar de ovni —que es peor que de guiri— o ceder y callar la evidencia ante ideologías impuestas y absurdas.
Hay quien dice que en Pamplona no sabemos de toros. Imagino que —como en botica— habrá de todo. Quizás ese saber está sobrevalorado. Decía Rafael de Paula en una entrevista de Vilallonga: “El hecho de ponerse delante de un toro es algo total y absolutamente maravilloso […] Una vez que un toro de 600 kg te pasa rozando el cuerpo, con una lentitud que tú mismo has decidido, ya nunca más podrás renunciar a esa indescriptible sensación de vértigo”.
¿Está hablando de sí mismo —por supuesto— o está describiendo lo que sienten miles de pamploneses todos los días cuando corren el encierro? Creo que acierta en ambas. ¿Cuánta gente en Sevilla, o Valencia, o Madrid… ha vivido esa sensación? En Pamplona, miles. Por eso, cuando has corrido por la mañana delante de los miuras, de los cebaitas, victorianos…, puedes decir por la tarde al torero: a ver qué haces, porque yo he estado ahí antes.
Le pregunté a Espartaco hace poco más de un año: “Maestro, ¿qué piensa de la plaza de toros de Pamplona?”. Y me respondió: “La mejor: cuando la faena te sale bien, aplauden. Y cuando sale mal, bailan”. Además de ser una respuesta aguda, es también certera. Por eso, en Pamplona, en su plaza, no basta con torear, hay que emocionar. Sabremos mucho o poco, pero en Pamplona sentimos a los toros, vibramos con ellos y los admiramos.
Quizás sea esta la causa por la que todas las aficiones del mundo nos miran con envidia. Gracias al buen trabajo de la Casa de Misericordia, orquestando ganaderías y toreros, a la afición… y a la solidaridad de Pamplona, todas las tardes se llena la plaza. Pero es que no sólo entonces: se llena también todas las mañanas en el encierro. Lleno total. Y digo solidaridad porque, además de afición y disfrute, todos sabemos que los excedentes de la Feria del Toro van para que nuestros mayores disfruten en dicha casa de un cuidado excelente, que no hay dinero en el mundo que lo pague.
Como canta en popurrí otra canción de Pamplona, “viva la gente del pueblo, viva la gente torera”. Por eso, porque somos gente torera y por nuestra magnífica Feria del Toro, Pamplona es en San Fermín capital taurina. Del mundo mundial.
José Ramón Lacosta Aznar. Aficionado taurino