"Dejo constancia de mi deserción. Si algún día desaparezco, no me busquen entre las peñas. Ni en Río de Janeiro"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 06/07/2025 a las 05:00

Dicen  que hoy se tira el chupinazo con un no sé qué de un pañuelo palestino, y que al alcalde Asiron no le gustan los toros, pero que lo veremos de nuevo con chistera y chaqué. En tal circunstancia, nuestro insigne recuerda a Shrek, aunque a él no le sobre el asno y tampoco le falte cuajo para disfrazarse mientras preside, como Dios manda, la fiesta española. Lo suyo no es tauromaquia, es tauromagia. Después, se irá a confesar. Como todos los años, se repetirá el ritual del Riau-Riau, el “momentico” -cuyo significado esotérico nunca he llegado a discernir-, los almuerzos a pie de adoquín, los cubos de ajoarriero arrojadizo y otras mistificaciones tan extrañas como un combate de sumo. Será porque no mamé en su día estas costumbres ancestrales y para cuando me hice mozo era demasiado joven para morir y demasiado viejo para el calimocho. Me encuentro entre la mitad de los pamploneses que se van de su ciudad. Al parecer, somos sustituidos por japoneses, cuya vida debe de ser tan apasionante cono la de un tamagochi. 

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Cruzar medio planeta para sortear charangas y borrachuzos es como ver Mad Max en bucle y con jet-lag. Dicho sea: las fiestas populares no me gustan. Ni las fallas valencianas, que son una gran sensación si te gusta caminar por las calles de Irak, ni rebujitos por sevillanas, aunque eso sí, nunca verás borrachos más repeinados. Esta aversión por el folclore se la debo a una escuela de jotas adonde me llevaron a cantar porque tenía voz de silbato, y ahí terminó mi carrera de jotero, y a un grupo de danzas donde purgué para siempre toda tentación de bailes típicos y otras folclorismos telúricos. Qué se le va a hacer. Si a usted le gustan los sanfermines y ya está disfrutando de su almuerzo, mi enhorabuena. Yo, en su día, ya casi borrado, me lo pasé bien disfrazado de pamplonés, así que le comprendo. Pero dejo constancia de mi deserción. Si algún día desaparezco, no me busquen entre las peñas. Ni en Río de Janeiro.

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