"A Chivite todo le pareció normal, especialmente mientras su buen amigo Cerdán negociaba la inmaculada reconversión de Bildu por un puñado de votos"

Actualizado el 22/06/2025 a las 00:05
Sospecho que la política militante no puede despegarse del pensamiento mágico. Así como un feligrés de fe cejijunta considera que por la boca de su párroco se expresa la divinidad, cualquier exaltado que exhiba carné hará suyos los lugares comunes de su particular recinto ideológico. La izquierda se sigue sacando en procesión recitando la letanía de su superioridad moral. Pero las ideologías, ay, las forman individuos, no un éter divino. Por muy bien que se empiedren las ideas con bellos propósitos, la corrupción moral -no sólo la económica- está garantizada. El nacionalismo radical presume de que no es corrupto. Pero es difícilmente concebible mayor corrupción que la eliminación física del adversario político, y aún peor: no condenar esa corrupción original.
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A Chivite todo le pareció normal, especialmente mientras su buen amigo Cerdán negociaba la inmaculada reconversión de Bildu por un puñado de votos. Ha tenido que escuchar los audios de la UCO para que, tras llorarlo, su amigo fuera expulsado de su corazón de piedra. Chivite se sintió engañada a causa de los supuestos sobornos, no porque su amigo rompiera todos los límites éticos de la política: los pactos con Bildu, Junts y Ezquerra, cuyos objetivos no son otros que la destrucción de la convivencia. Sánchez ha conseguido que la corrupción ideológica sea el aire que respiramos. Han tenido que llegar los sobornos, los dedazos y maletines; las prostitutas, las cátedras, las actrices porno con cedés vaginales y las fétidas sospechas de que todo va a ser mucho peor, para que se echen las manos a la cabeza. “¿Cómo será recordado él?”, preguntó Sánchez, hablando de sí mismo, a su exministro de Cultura. Por reventar al partido que cabalga con tal de salvarse del fiemo.