Solsticio de verano

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Luis Arbea

Publicado el 20/06/2025 a las 05:00

Nos llega el solsticio de verano y con él la victoria anual de la luz sobre las infinitas noches de invierno. El día más largo. Un día especial como lo era para nuestros antepasados para quienes suponía una fecha especialmente significativa en la que se reconciliaban con la naturaleza (tantas veces indómita e implacable) homenajeando al sol como fuente de vida y tranquilizaban sus almas quemando sus demonios en piras expiatorias. Un ritual pagano perpetuado a lo largo de los tiempos y que ha llegado hasta nosotros como celebración universal cristianizada en las hogueras de San Juan. Una tradición que, como la mayoría, trasciende lo puramente folclórico y nos invita, evocando primitivas costumbres, a hacer las paces con la vida y limpiar los desatinos del año en una fiesta de iluminación y fuego.

Y como en esencia apenas hemos cambiado (las mismas pasiones, las mismas mezquindades y parecida incertidumbre ante los grandes misterios), de igual manera se nos presenta una ocasión inmejorable para sazonar nuestra vida arrojando a la hoguera todos esos miedos y flaquezas que nos la amargan, así como esas fobias y prejuicios que nos dificultan una convivencia más humana; y de la mano de este voluntarioso arranque de limpieza y regeneración tampoco estaría de más que añadiéramos las mil y una adicciones del ego que nos impiden ver de cerca las penurias y sufrimientos de los demás y actuar mínimamente solidarios.

E incluso, rizando el rizo, a uno, muy dado a las fantasías, se le ocurre que ese catártico paso por las llamas (en sentido figurado, por supuesto) tampoco les vendría nada mal a todos los autócratas déspotas que nos rodean, algo que, de paso, supondría una auténtica bendición para el resto de los mortales. El poder mágico y regenerador del fuego, el milagro del solsticio de verano. Ya lo dice la tradición popular: “víspera de San Juan, fuera el mal”. Pero desde un punto de vista más prosaico, aunque no por ello menos importante, además, este solsticio resulta formidable porque, bienvenido mensajero, nos anuncia tiempos de reposo y fiesta en nuestra acelerada y gris cotidianidad: nos abre las puertas del verano, esa ilusión anual que en tantas ocasiones nos mantiene vivos y esperanzados el resto del año, una realidad que nos oferta infinidad de posibilidades para disfrutar de la vida. De entre todas ellas, personalmente intentaré aprovechar dos que espero me resulten placenteras y saludables.

Por un lado, no voy a dejar pasar la oportunidad de escaparme de tanta negrura que nos rodea y desconectar del mundanal ruido - nunca mejor dicho- que nos ensordece el alma: desde el inhumano y cruel estallido de bombas, hambre y muerte en Gaza hasta el pestilente ruido de sables de nuestra realidad política. Olvidarnos de todo ello, aunque solo sea por un momento que, si bien no tengo claro que lo merezcamos, lo necesitamos por pura supervivencia mental. Y por otro, entregado a lo sensorial, tampoco desaprovecharé el calorcito estival para abandonarme al sol y a la luz y, agotado el día, dejarme acariciar por esas tibias noches estrelladas que iluminan el pensamiento y liberalizan los sentidos. Por eso, a esa persona que siempre está a mi lado, la miraré despacio y la sentiré como una novia de verano.

Así pues, no me digan que no estaría genial que, aprovechando la coyuntura, enterráramos en fuego algunas de nuestras miserias y recargáramos las pilas en esa parada estival lo que, más ligeros de equipaje y con la mente más relajada, nos ayudaría a reemprender el viaje y reencontrarnos con la cruda realidad con renovada energía. Con otras palabras, verano y su solsticio, qué estupendas oportunidades.

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