No va de política, va de decencia

"La corrupción es una tentación que aparece allí donde se debilita la ética política y el interés general se sustituye por el interés personal o partidista"

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Eradio Ezpeleta

Publicado el 15/06/2025 a las 05:00

Cada vez resulta más evidente que la sociedad se siente cada día más alejada de la política. No se trata de una cuestión generacional ni de desinterés por lo común, sino de una reacción lógica a un espectáculo que, en demasiadas ocasiones, se aleja de lo que debería ser el noble ejercicio del servicio público. La política, entendida como herramienta de transformación social, está siendo sustituida por el ruido, los escándalos y, lo que es peor, la percepción de que todo está contaminado. Lo vemos con los recurrentes casos de corrupción que salpican a algunos de nuestros representantes políticos. La hemeroteca es implacable. 

La corrupción es una tentación que aparece allí donde se debilita la ética política y el interés general se sustituye por el interés personal o partidista. Pero limitar la corrupción al terreno político sería un error tan ingenuo como peligroso. Detrás de cada caso de corrupción hay siempre un universo paralelo de intereses empresariales, amistades peligrosas y relaciones inconfesables. Personajes que se dejan cortejar por empresarios sin escrúpulos, dispuestos a pagar favores, ofrecer regalos o comprar voluntades a cambio de contratos públicos, adjudicaciones o licencias a medida. Lo que se vende no es solo el voto: es el propio Estado. El sector de la construcción ha sido históricamente uno de los más implicados en estas tramas, pero no es el único. Mediadores, conseguidores, fontaneros de despacho o de pasillo que organizan auténticas redes de intereses cruzados. No suelen ocupar portadas ni dar declaraciones, pero son piezas fundamentales en la maquinaria de la corrupción. A menudo son ellos quienes presionan en la sombra y quienes engrasan el sistema para que todo funcione a favor de unos pocos. Por eso es tan importante no caer en la trampa del relato simplista: esto no va solo de políticos deshonestos, para que haya corrupción tiene que haber corruptores.

Ahora bien, sería profundamente injusto generalizar. No todos los políticos son así. Quedan -y no pocos- políticos honestos, servidores públicos de verdad, personas comprometidas con el interés general y que rehúyen cualquier tentación de privilegio o corruptela. Gente que trabaja en silencio, desde los ayuntamientos hasta el Congreso, y que merecen el respeto de todos. El problema es que el ruido y el escándalo siempre tapan el esfuerzo de quienes hacen las cosas bien. A todo esto, se suma una práctica rechazable: el espionaje, las grabaciones ilegales, las filtraciones interesadas. Quien graba conversaciones privadas no es un héroe cívico, es un delincuente. Si alguien tiene pruebas de un delito, debe acudir al juzgado. Las personas honestas no necesitan grabar a nadie ni se asustan porque otros les graben. Quien no tiene nada que ocultar no solo no teme a la justicia, sino que, si es necesario, va a su encuentro para que se investigue todo y se aclare cuanto antes.

Lo que no se puede permitir es jugar al juego de la conveniencia: criticar a los jueces cuando el fallo no me gusta y aplaudirlos cuando me conviene. Ese vaivén oportunista solo alimenta el desapego ciudadano. ¿Cómo queremos que los ciudadanos confíen en la política si quienes deben dar ejemplo se dedican a instrumentalizar las instituciones según sopla el viento electoral? Ya lo advertía Manuel Azaña: “La política no se hace con sentimientos, sino con ideas claras y responsabilidades asumidas”. Incluso desde el punto de vista legal, el artículo 262 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal es claro: quien tenga conocimiento de un delito tiene la obligación de denunciarlo. No es una recomendación, es una exigencia legal.

Este no es un problema de derechas o de izquierdas. Es un problema de decencia. Porque sin ética pública y sin integridad en lo privado, no hay democracia que resista. Si no somos capaces de entenderlo, seguiremos alimentando ese cinismo que convierte a muchos ciudadanos, jóvenes en especial, en escépticos o directamente en abstencionistas. Y eso es una derrota colectiva. La regeneración democrática no se construye con eslóganes vacíos ni con golpes de pecho en campaña. Se construye con coherencia, con ejemplaridad y con responsabilidad. Porque la política debe ser el espacio donde se defienda lo común, no un mercado donde se subasten favores.

Eradio Ezpeleta Iturralde. Criminólogo. Ha ejercido la política

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