"He sido bendecido por la generosidad anónima de dos familias que, en pleno dolor por la muerte de un familiar, decidieron donar sus órganos"

Publicado el 01/06/2025 a las 05:00
En estos días se celebra el Día del Donante. A los veintiún años me diagnosticaron Insuficiencia Renal en fase terminal, una enfermedad crónica y mortal. Acabo de cumplir sesenta y soy abuelo. A veces, alguien me dice que soy un superviviente. No es cierto. Muchos de mis compañeros de hemodiálisis murieron a la espera de un trasplante o por causas sobrevenidas por la enfermedad renal. ¿Acaso soy mejor que ellos?, ¿es que no merecían tanto como yo liberarse de la armadura de la máquina de depuración renal? He sido muy afortunado. No albergo sentimientos de culpa, lo que demuestra que no soy un superviviente. Vivo en el mejor país del mundo para tratar mi enfermedad, con sistema sanitario magnífico, a pesar de sus dificultades, que debe ser protegido y ayudado con más recursos humanos y económicos.
He sido bendecido por la generosidad anónima de dos familias que, en pleno dolor por la muerte de un familiar, decidieron donar sus órganos. Gracias a la Organización Nacional de Trasplantes, España lidera la tasa de donación por millón de habitantes, muy por encima de los países más avanzados. Borges definió España con un adjetivo: “Generosa”. Mi querida Julia me donó un riñón hace cinco años, un acto de valentía y bondad para el que no existen adjetivos suficientes. La intervención se llevó a cabo en el Clínic de Barcelona durante el año de la pandemia, tras cruzar nuestros datos con los de otras parejas con un donante vivo incompatible. El resultado fue una cadena de donaciones que involucró a tres comunidades autónomas que debieron coordinar medios humanos y materiales para que los tres trasplantes se realizaran con éxito. Por fortuna, los órganos no tienen color político ni carné de partido. Cuando queremos, podemos. Pero a lo que iba: los auténticos protagonistas de estos días son los donantes, quienes hacen posible que otros vivamos por encima de nuestras posibilidades. Como me dijo un compañero de habitación al que acababan de dar el alta médica: “¡Salud y gratitud!”.