Tengamos la fiesta en paz
"Los actuales organizadores pretenden convertir San Fermín Txikito en otro Aberri Eguna, como el que se repite en las celebraciones de los barrios"

Actualizado el 29/05/2025 a las 23:19
Asoma el mes de junio, y ya huele a San Fermín. La carpintería de los Hermanos Aldaz se apresta a montar el vallado. La tómbola de Cáritas se inaugura ya. En breve se repetirán las largas colas para renovar los abonos de la Feria del Toro, para disgusto de algunos. Toca ir haciendo inventario de la ropa blanca que descansa en los armarios, para reponer bajas y actualizar tallas.
El cartel anunciador de las próximas fiestas resalta la belleza de lo cotidiano, dice su autora. No sucede lo mismo con el que promocionó los últimos Sanfermines Txikitos, que cada año conmemoran, en torno al 25 de septiembre, la decapitación en Amiens, allá por el 303, de Firminus, nuestro joven obispo mártir.
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La actual procesión fue recuperada por un grupo de vecinos en 1962. El cortejo es parco. Lo encabeza la cruz parroquial que precede a la talla del Santo moreno del siglo XVI que, tras la misa oficiada en su honor, abandona, entre el repique de campanas, la basílica de San Fermín de Aldapa (Corazonistas) a hombros de cuatro porteadores, seguida del párroco. Aunque no alcanza la solemnidad de la procesión del 7 de julio, también tiene sus ‘momenticos’. De la mano derecha del santo pende un ‘piperropil’, dulce elaborado por el obrador del irrepetible Joaquín Donézar, cerero y maestro confitero y chocolatero, que la pandemia nos arrebató prematuramente. A las puertas del templo, los vistosos dantzaris bailan la “ezpata dantza”.
La comitiva recorre las viejas rúas del antiguo Burgo de la Navarrería; Dos de Mayo, Carmen, Aldapa, Zacatín, Mañueta -cuna de Sabicas y bastión de la inmortal churrera Paulina-, Curia -cuyo ascenso saluda la imponente campana María, que, junto a Gabriela y Cimbalilla, anuncian a la Cuenca que la ciudad vive un día grande-, y Navarrería.
El acompañamiento musical incluye la aurora que entonan los ‘cuarentunos’, las vibrantes jotas que empañan nuestros ojos, y los txistus y tamboriles que interpretan el ceremonioso Agur Jaunak. El santo regresa a la basílica bajo la cúpula de espadas extendidas por los dantzaris, mientras los gigantes -que desde 1978 realzan la marcha, junto a Duguna y la Pamplonesa- bailan ritmosos.
Es una fiesta entrañable, para los de casa, que algunos quieren estropear. Y es que, en el último cartel anunciador no hay espacio para San Fermín, pero sí para la ikurriña, la seudobandera de Navarra que patrocinan los batasunos, la de Palestina, el emblema de Euskal Herrian Euskaraz, el ‘arrano beltza’ que los abertzales asocian a la independencia, el símbolo de Venus que representa el feminismo, la enseña multicolor del colectivo LGTBI, el logotipo del movimiento okupa, el anagrama de los presos de ETA… En el programa oficial se repite el apoyo a los terroristas encarcelados, y se publicitan gropúsculos radicales como Ernai y Jardun. Ya me dirán ustedes qué relación guarda todo ello con el ninguneado primer obispo pamplonés. Los actuales organizadores pretenden convertir San Fermín Txikito en otro Aberri Eguna, como el que se repite en las celebraciones de los barrios.
El cartel que pregona unas fiestas es una herramienta de comunicación visual que busca atraer al gran público. El de San Fermín Txikito del año pasado solo resultaba seductor para recalcitrantes bildutarras. Recuerden que dicho panfleto fue el detonante del tuit en el que Vox acusó a Joseba Asirón de ser el alcalde etarra de Pamplona y de patrocinar el terrorismo.
Una sociedad tan crispada como la nuestra necesita treguas. Las fiestas deberían regalarnos una. La ciudadanía demanda eventos inclusivos, con ambiente alegre y distendido, y en ese empeño San Fermín obra el milagro de hermanarnos a todos los iruinsemes. Los abertzales nunca han entendido esto. Fieles a su lema, ‘Jaiak bai, borroka ere bai’, han emponzoñado las festividades, convirtiéndolas en un instrumento más al servicio de su causa. Ahí tienen el ‘Día del Inútil’ o el ‘Tiro al Fatxa’. Profesionales de la tensión, no les ha importado reventar chupinazos, procesiones, Riau-Riaus, bajadicas del Puy… lo cual es censurable, pues ningún partido está legitimado para adueñarse de nuestras arraigadas tradiciones, patrimonio de un pueblo diverso y plural.
Si Joseba Asirón Sáez no quiere pasar a la historia como el alcalde etarra de Pamplona, que se esfuerce en no parecerlo, en lugar de ir a lloriquear al juez. Que no financie, por incumplir la normativa municipal, a quienes pervierten San Fermín anteponiendo su radical credo político al amor al santo; que haga entender a los suyos que nuestras calles y plazas, máxime en periodo festivo, son espacios de respeto y convivencia; que no tolere ninguna violencia, ni física, ni verbal, contra los cargos electos, depositarios de la soberanía popular, incluido él. Urge que la izquierda abertzale aprenda a vivir en democracia y abandone los tics fascistas que tan obsesivamente busca en los demás, vivos o muertos.
Manuel Sarobe. Notario