"La venganza de los humildes"

Publicado el 28/04/2025 a las 05:00
Recuerdo que de pequeño la tradición eclesiástica nos aleccionaba a huir como de la peste de los siete pecados capitales que yo, sobrecogido, me los imaginaba diabólicos monstruos que nos llevarían irremediablemente al infierno. Ahora, ya no me intimidan, y hasta me caen simpáticos: cómo no sentir algo así cuando a mí, fiel cliente de todos ellos (sin excesos, faltaría más), me ayudan a sobrellevar la vida con un poco más de alegría. ¿A quién no le gusta pasarse de vez en cuando con una buena comida? ¿Y cómo no simpatizar con una santa pereza cuando se nos condenó a ganar el pan con el sudor de nuestra frente? ¿Y qué decir de esa sana envidia que nos empuja a superarnos o de ese pellizco de ira que me ayuda a violentarme contra todas las injusticias que me acechan? Y hasta la denostada avaricia puede ayudar, eso dicen, a desarrollar la economía. Y, por supuesto, imposible obviarlo, ¿existe algo más maravilloso que el sexo fruto del amor?
Sin embargo, la soberbia, era el que faltaba, me desencadena una fobia preocupante (seguro que me atenaza algún trauma infantil) acompañada de náuseas y peligrosos pensamientos. Algo que igual no es tan de locos pues se trata del pecado capital por excelencia, el mayor y, por lo visto, el más antiguo. Cuentan las crónicas que Luzbel se hizo Lucifer no por golfo, sino por soberbio. Y me da que algo parecido (hoy estoy de un bíblico subido) les debió suceder a Adán y Eva cuando fueron expulsados del paraíso, quisieron sentirse como dioses. En la actualidad poco o nada ha cambiado. Abundan los especímenes que actúan como tales: arrogantes, prepotentes y altivos que nos miran por encima del hombro convencidos de que sería un milagro que el mundo pudiera funcionar bien sin ellos. Se sienten divinos… mientras los demás, nosotros, pobres humanos no pasaríamos de constituir una subespecie que apenas tiene derecho a compartir el aire que respiran. Muy fuerte. Gran pecado ese que niega la dignidad a sus hermanos. La verdad, no puedo con ellos, siento que me roban algo y sacan lo peor de mí: me suscitan unas irrefrenables (me resulta imposible el perdón) y malévolas ganas de vengarme, pero no sé cómo hacerlo.
Pero Marco Aurelio acude en mi ayuda. “El mejor modo de vengarte de un enemigo es no parecerte a él”, me susurra, cómplice, al oído. Y aunque me cuesta vislumbrar su alcance voy a seguir su consejo y voy a intentar convertirme en una persona sencilla. Algo parecido recomendaba el catecismo: contra soberbia, humildad. Y no le faltaba razón porque, aunque todos queremos sentirnos importantes y, de algún modo, superiores, la verdadera grandeza y, en última instancia, la excelencia, comienza con la conciencia de pequeñez. Pura mística. Pero, además, el hecho de reconocernos y aceptarnos tal como somos, pequeños, frágiles y necesitados es una excelente inversión pues, también, nos puede hacer más felices.
Efectivamente, desde la sencillez nos resultaría más fácil valorar y agradecer las pequeñas cosas de la vida y liberarnos de esa obsesiva preocupación por sentirnos grandes. Sin duda, sin esa perturbadora ansiedad, la paz interior más cerca. ¿Se puede pedir más? Mejores y más felices, casi nada; los soberbios lo tendrán más chungo. Un auténtico chollo esto de la humildad.
Pero ahí no acaba la cosa, además, hoy, moralistas y evangélicos perdidos (solo nos falta el púlpito) podemos ir más allá y, vengativos incorregibles, sentenciar algo así como: “Bienaventurados los humildes porque de ellos es el paraíso perdido, mientras que los chulos, endiosados y déspotas, nuestro ínclito Mr. Trump sería su prototipo más impresentable, difícilmente verán la cara de Dios”.