Sanfermines, ¿producto o emoción?

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Manuel Sarobe

Publicado el 13/04/2025 a las 05:00

El Ayuntamiento pamplonés ha encargado tres estudios sobre el impacto económico, medioambiental y social de los Sanfermines, con un coste de 124.754 euros. El concejal Mikel Armendáriz apuntó que con ello se busca “reorientar el producto Sanfermines y su desarrollo hacia valores culturales y sostenibles, y reposicionar en el mercado la marca Sanfermines”.

El lenguaje mercadotécnico utilizado por el edil nacionalista -“producto”, “mercado”, “reposicionar”, “marca”- para referirse a nuestras entrañables fiestas me parece de lo más desafortunado, pues habla de ellas como lo haría un agente de viajes interesado en vendernos un paquete vacacional en Marina d’Or. San Fermín, señor Armendáriz, no es una mercadería, sino sentimiento y emoción. Los toros y la religión son dos de los temas sobre los que se encuestará a la ciudadanía.

La oposición a la tauromaquia es tan antigua como el propio espectáculo. El papa San Pío V firmó allá por 1567 la bula Salute Gregis Dominic, que prohibía terminantemente “estos espectáculos cruentos y vergonzosos, no de hombres sino del demonio (…) bajo pena de excomunión y de anatema en que se incurrirá Ipso facto”. El monarca Carlos IV, influenciado por los ilustrados de la época, decidió en 1805, “prohibir absolutamente en todo el Reyno, sin excepción de la Corte, las fiestas de toros y novillos de muerte”.

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Confieso que soy taurino, aunque respeto enormemente a los que no lo son. Hay quien augura que el fin de la fiesta nacional sobrevendrá por muerte natural, lo cual se antoja lejano en Pamplona, pues nuestra Feria del Toro es el festejo más concurrido de todos cuantos se celebran al año en España. También podrían prohibirlos. Bildu, de hecho, ha pedido abolir las corridas en Bilbao. Aquí no se han atrevido todavía a ello, quizás porque nuestro alcalde -personaje incoherente donde los haya- es un declarado antitaurino … ¡al que le encanta presidir corridas de toros! Si la iniciativa llegara a plantearse, la balanza la decantaría un PSN, absolutamente imprevisible, pues los cinco títeres que vegetan en el consistorio iruindarra harán lo que Ferraz ordene. Si Pedro Sánchez necesita el apoyo de Bildu y los abertzales aprietan sobre este tema, no tengan la menor duda de que el pulgar del emperador apuntará hacia abajo…

Otra cuestión espinosa es la religión. Tanto la Declaración Universal de los Derechos Humanos como el Pacto internacional de derechos civiles y políticos de la ONU proclaman que el derecho a la libertad religiosa incluye el de manifestar las creencias, individual o colectivamente, tanto en público como en privado.

Cuestión distinta es la participación en tales manifestaciones de las autoridades civiles. También en este tema nos confunde nuestro alcalde, que acude, ufano, a la procesión, pero prefiere almorzar mientras los pamploneses arropan al Santo moreno en la fervorosa misa que se celebra en su honor, y ello a pesar de que nuestro alkate creció en una familia profundamente creyente, se formó en colegios religiosos, fue scout y se doctoró en la universidad del Opus Dei. Resulta difícil imaginar unos Sanfermines sin San Fermín, con los emocionantes “momenticos” que nos brinda. Llegados al extremo, deberíamos cambiar hasta la indumentaria, pues el pañuelico rojo evoca la sangre que derramó nuestro mártir al ser decapitado en Amiens.

Acudí en su día a unos cursos de cocina en los que el chef preparaba los platos empleando los ingredientes más sabrosos. Al final, siempre se repetía la misma pregunta; ¿y podemos utilizar leche desnatada en lugar de entera; o margarina en vez de mantequilla? El bueno de Antonio respondía siempre que sí, “pero no será lo mismo”, apostillaba. Con nuestras fiestas pasaría algo parecido, pues sin toros y, quien sabe, sin Santo, carecerían de todo atractivo. No hay quien mantenga el interés durante una semana exhibiendo deportes rurales o haciendo bailar a nuestros gigantes hasta la extenuación. Ni siquiera reduciendo Iruña a un macro dispensador de alcohol al que venga lo mejor de cada casa. Lo único por lo que los pamploneses nos disputaríamos del 6 al 14 de julio sería por reservar sitio … ¡en la playa de Salou!

La presidenta de las peñas dejó dicho que lo que más le gusta de los Sanfermines es el aperitivo. Yo también disfruto mucho de una de gambas y un vermutico bien puesto, pero de ello podemos gozar igualmente en cualquier chiringuito playero o el resto del año, en el bar de la esquina.

Supongo que los encuestadores preguntarán por la lacra de la politización de nuestras fiestas por parte de unos abertzales que, fieles al lema de “jaiak bai, borroka ere bai”, llevan décadas reventándolas (primero fueron el Chupinazo y el Riau-Riau -felizmente recuperado por la peña Mutilzarra-, hoy la Procesión, mañana…).

Esa semanita festiva, yo pasaportaría a Joseba y a sus matones a Zarauz, para que los demás podamos vivir unas fiestas en paz, y sustituiría a nuestro jatorra por el ya retirado Alcalde de Sol, al que solo habría que sacar el dobladillo de los pantalones para la procesión. Y, si ello no es posible, y buscan un ambiente enteramente sano, bajen a Tudela por Santa Ana, territorio libre de batasunos amargados.

Concluyo. Los Sanfermines no son “un producto”, sino un tesoro. Nuestro tesoro. Bien está que las autoridades -muy dadas a hiperregular- introduzcan unas mejoras que serán de agradecer, siempre y cuando no alteren la esencia de nuestras fiestas, “que son en el mundo entero, unas fiestas sin igual”.

Manuel Sarobe. Notario

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