Impredecible y caótico

"Trump ha reculado y puesto en pausa la subida de aranceles ante el riesgo de desatar una auténtica hecatombe económica"

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Emilio Sánchez-Carlos

Publicado el 10/04/2025 a las 12:26

No ha cumplido todavía cien días en la Casa Blanca -lo hará el 30 de abril-, pero Donald Trump no ha pasado desapercibido ni una sola jornada. Todo lo contrario. Siempre se comporta de manera impredecible y caótica como ha vuelto a demostrar esta semana al anunciar por sorpresa que suspende durante 90 días la aplicación de aranceles a todos los países, menos a China.

Ante la presión de los mercados bursátiles y muchos de sus asesores, Trump ha reculado y puesto en pausa la subida de aranceles ante el riesgo de desatar una auténtica hecatombe económica. La amenaza persiste todavía porque la rivalidad con China es directa y de consecuencias impredecibles. Los dos colosos quedan enfrentados en un pulso no solo comercial sino también político y posiblemente militar.

No le ha sido fácil a Trump ceder. Su carácter visceral e impulsivo está marcado por los consejos que recibió cuando apenas tenía 26 años de un abogado con pocos escrúpulos. El Departamento de Justicia presentó en 1972 una demanda por discriminación racial a los Trump y el hijo recurrió a los oficios de Roy Cohn, un temido abogado con fama de implacable como ayudante del senador Joseph McCarthy durante la caza de brujas contra supuestos comunistas.

Se conocieron en un selecto club privado y desde entonces comenzó una relación que influiría para siempre en el empresario neoyorquino. Roy Cohn le dio a Trump tres claves que ha mantenido a rajatabla: siempre compórtate al ataque, atacar y atacar. Nunca reconozcas que te has equivocado, niega todo, y declárate siempre vencedor, nunca admitas la derrota. Siempre tienes que ganar. Trump siguió desde entonces al pie de la letra las recomendaciones de Cohn para explotar el poder e infundir miedo siempre con arrogancia, grandiosidad y utilizando el chantaje cuando fuese necesario.

Sorprende, por ello, que no haya tenido más remedio que claudicar esta semana ante la euforia de los mercados bursátiles.

La guerra comercial queda ahora en un mano a mano con China porque este país es el único que puede disputar a EE.UU. la primacía como potencia mundial. El presidente chino, Xi Jinping, está obsesionado con sobrepasar a EE.UU antes incluso de 2049, la fecha del centenario de la llegada al poder de Mao Tse-Tung y del nacimiento del Partido Comunista Chino. Beijing se ha preparado concienzudamente para este inevitable enfrentamiento con Trump. Han estudiado su conocido carácter y comportamiento irascible y soberbio y están dispuestos a cualquier sacrificio para no amilanarse.

Trump sostiene que China utiliza todo tipo de argucias para aprovecharse de las empresas estadounidenses. Lo que no dice Trump es que EE.UU. empujó a China a entrar en 2001 en la Organización Mundial del Comercio que abrió las puertas al actual modelo de globalización.

Esa globalización diseñada desde Washington ha facilitado que las empresas asiáticas fabriquen a precios muy baratos todo tipo de productos. El victimismo de Trump en aplicar los aranceles para recuperar el esplendor de la industria de EE.UU. es pura quimera. La industria tradicional ha pasado a la historia, al igual que los millones de empleos perdidos que nunca volverán. El gobierno chino insiste, por su parte, en que las cifras del déficit comercial de Trump no incluyen al sector servicios que representa dos tercios de la economía de Estados Unidos. No en vano las grandes empresas que dominan el mundo son estadounidenses como Microsoft, Apple, Google, Nvidia, Meta o Amazon y nada tienen que ver con la industria de hace décadas. La batalla entre Trump y Xi Jinping está servida. Con un hábil y paciente adversario enfrente como Xi Jinping, Trump necesita a alguien como Roy Cohn para salir airoso de esta contienda que marcará el devenir del siglo XXI en el mundo.

Emilio Sánchez Carlos. Periodista

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