Adiós al sueño americano

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Emilio Sánchez-Carlos

Publicado el 04/04/2025 a las 05:00

Han desaparecido los grupos de hispanos que buscaban un trabajo esporádico alrededor de centros comerciales o en ciertas esquinas de Miami. Las empresas familiares apenas encuentran empleados que corten el césped y cuiden los jardines. Además, se nota un ambiente más sombrío en las cafeterías frecuentadas por inmigrantes. Son las primeras señales a pie de calle que indican que el sueño americano se está esfumando. Ese sueño que ha empujado a millones de inmigrantes durante décadas a jugarse la vida al cruzar la frontera de Estados Unidos en busca de un futuro mejor. Ese mismo sueño ha aportado a la economía de Estados Unidos mano de obra barata de millones de inmigrantes dispuestos al sacrificio con la convicción de que en poco tiempo sus vidas mejorarían. Todo ello comenzó a trastocarse a partir de los años 90, pero sobre todo por los efectos de la crisis de 2008. Desde entonces, el empobrecimiento de la clase media se ha agudizado. A ello se unen ahora las recientes imágenes de venezolanos encerrados sin ninguna garantía judicial en la mega cárcel de alta seguridad de El Salvador, o las expulsiones de inmigrantes esposados como si fuesen criminales de alto riesgo.

Con las deportaciones masivas prometidas por Trump se va desvaneciendo la esperanza de lograr en Estados Unidos la anhelada prosperidad. La misma sensación de indefensión la comparten estudiantes extranjeros con visados temporales o trabajadores de empresas internacionales que temen que en cualquier momento sus visados sean revocados. Muchos se apresuran incluso a borrar de sus redes sociales cualquier comentario negativo contra Trump.

El mensaje es claro: Estados Unidos se ha convertido en un país hostil para los extranjeros, y no digamos para los migrantes sin los papeles en regla. Con la permanente belicosidad de Trump contra los migrantes se confirma que Estados Unidos deja de ser la tierra prometida de acogida para emprender e innovar. El país de Trump quiere aislarse sin que preocupe perder el reconocimiento internacional en defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

Las consecuencias de todo ello pueden ser devastadoras. En el aspecto económico, sin el tradicional flujo de emigrantes y el descenso en los índices de natalidad, Estados Unidos comenzará a perder población a partir de 2050, y el aumento del endeudamiento abocan al país a un debilitamiento como potencia económica.

La guerra comercial impuesta por Trump, con la que pretende que vuelvan a casa las empresas que se trasladaron a México, China u otros países para abaratar costes, constituye a corto plazo otro motivo de alarma y de pérdida de credibilidad. La mayoría de los economistas estima que la guerra comercial de Trump no tiene ninguna lógica y que, por el contrario, incrementará la inflación y agudizará el empobrecimiento de la clase media estadounidense, mientras el 10 por ciento más rico, aquellos que ingresan al menos 250.000 dólares anuales, aumentan su riqueza. La transferencia de riqueza desde las clases medias a los más poderosos se mantiene constante, mientras que los salarios de un 50% de la población siguen estancados desde 2008 con una permanente disminución del poder adquisitivo.

El famoso sueño americano se va apagando y resurge con más fuerza la sensación de desesperación de las clases más desfavorecidas que en parte votaron por Trump como última esperanza para recuperar la ilusión y prosperidad. Más allá de las grandes promesas y la incertidumbre que genera la Casa Blanca, el éxito o no de Trump se centra precisamente en recuperar la confianza de la clase media para mantener vivo el sueño americano que se va extinguiendo. Trump está obligado a mostrar muy pronto resultados tangibles antes que cunda la angustia de una población cada vez más desanimada y radicalizada.

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