A vueltas con la industria navarra

Publicado el 24/02/2025 a las 05:00
La industria navarra vive tiempos convulsos. Los recientes cierres y deslocalizaciones han encendido todas las alarmas. Para entender lo que está sucediendo conviene echar la vista atrás.
El milagro económico de Navarra, como es bien sabido, lo debemos al Plan de Promoción Industrial impulsado por Félix Huarte, don Félix, y Miguel Javier Urmeneta -el “Dúo Dinámico”- en los pasados años 60. Valiéndose sabiamente de nuestro Régimen Foral, atrajeron inversores ofreciendo una fiscalidad favorable, suelo industrial, modernas infraestructuras y centros de formación. Se crearon centenares de empresas y miles de empleos. Y mientras unos sumaban, otros restaban. ETA secuestró a Felipe Huarte, hijo de don Félix, coincidiendo con la visita de directivos de la automovilística Ford, interesados en invertir en España, que, como pueden imaginar, se fueron por donde vinieron hasta recalar en Almusafes.
Recuerdo, durante mi etapa profesional en Euskadi, la desesperación de un empresario extorsionado por ETA y boicoteado al mismo tiempo en Madrid por ser vasco… En 2018, el Parlamento Foral -salvo Bildu- homenajeó al empresariado que sufrió el terror. Hoy, dicha institución acoge una exposición que los denigra, amparándose, dice Unai Hualde, en una libertad de expresión de la que él, presidente del PNV en Navarra, bien podría hacer uso promocionando candidaturas a las municipales en Etxarri Aranatz y comarca. Si vence el miedo, claro.
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Ya en democracia, UPN y PSN se conjuraron para dar continuidad a las fructíferas políticas desarrollistas. Lo hicieron jugándose la vida; los años de plomo obligaban a iniciar el día revisando los bajos del coche y a llevar escolta. ETA y sus voceros se oponían violentamente a todo progreso. Hacer una autovía o un pantano, cuyo coste disparaban los continuos sabotajes, rayaba lo heroico.
El panorama cambia radicalmente en 2015. La periodista Uxue Barkos preside un Gobierno encabezando una coalición neófita en la gestión de lo público. Cuando alguien sin experiencia en la Administración recibe en herencia una comunidad que lidera todos los podios, la prudencia invita a obrar con extrema cautela, para no estropear lo que funciona más que bien.
No actuó así Barkos, que se dio una inusitada prisa en desmontar las bases de nuestra prosperidad. ETA ya no está, pero Bildu sigue ahí, ahora con mando en plaza. Apenas dos meses después de su toma de posesión -disculpen la autocita- publicaba yo un premonitorio escrito que principiaba así: “El consejero de Hacienda acaba de anunciar una subida de impuestos. Todo indica pues que nuestro Parlamento utilizará su capacidad normativa para hacer a los navarros de peor condición que el resto de los españoles. Y lo hará, a pesar de que dicha medida estimula el fraude fiscal, deslocaliza contribuyentes y ahuyenta inversores generadores de riqueza, máxime cuando dicho incremento coincide en el tiempo con una bajada en el resto de España.” De aquellos polvos, estos lodos.
En ese Ejecutivo había consejeros como Mikel Aranburu, a quien le salieron los dientes en Hacienda, y Manu Ayerdi, que venía de la empresa privada, que debían intuir las perniciosas consecuencias de sus equivocadas políticas impositivas, muy distintas, por cierto, de las que esos mismos nacionalistas aplicaban en Euskadi. Huelga decir que para unos abertzales que jalearon el “impuesto revolucionario” atizar a los emprendedores con tributos abusivos era peccata minuta.
El PSN, entonces en la oposición, criticó vehementemente dicha deriva, que apenas corrigió cuando en 2019 accedió al poder encamándose con Bildu, para disgusto de tantos. Llegamos así a la situación actual; según la Tax Foundation, soportamos el peor IRPF e Impuesto sobre el Patrimonio de España, y tenemos el tipo general de Sociedades más alto del país. Lo recaudado se despilfarra contratando miles de funcionarios en la era de la digitalización y multiplicando chiringuitos innecesarios, según denuncia Comptos, a quien nadie hace caso. Los elevados impuestos van acompañados, incomprensiblemente, de un acusado deterioro de los servicios públicos. Hay más pobres hoy que en 2015, y la cámara fiscalizadora denuncia caos y fraude en la gestión de la renta garantizada. Y a todo esto lo llaman progreso.
Sumen a ello la paralización de infraestructuras clave como el AVE y el Canal, la fuga de nuestros jóvenes más talentosos, o la bochornosa presencia de un asesino al frente de una empresa regada con dinero público. Pero nada de eso preocupa más a María Victoria Chivite que conservar su sillón y servir a Pedro Sánchez, antes que a los navarros.
Y, mientras aquí utilizamos los Fueros para hacernos daño, otros nos roban la merienda replicando las mismas políticas que nos hicieron grandes. El problema no es tanto que algunas empresas cierren o se vayan -entra dentro de lo normal y puede deberse a causas exógenas- sino que ya nadie viene aquí a invertir. Algo esperable, si rendimos Navarra a los marxistas de Bildu, el enemigo público número uno de unos empresarios que prefieren Madrid, Extremadura o la vecina Aragón, a la que nos conecta ese tren para ganado que tanto elogiaron los Chivite, tío y sobrina.
Hablemos claro. La industria navarra -excesivamente dependiente de la tambaleante automoción- afronta un panorama sombrío porque, entre otras cosas, llevamos una década eliminando los incentivos que propiciaron su llegada. No culpemos pues a terceros de nuestros propios errores. Las encuestas electorales, por cierto, no auguran cambios, lo cual hace prever que seguiremos empobreciéndonos. Si tenemos lo que votamos, ¿de qué diablos nos quejamos?
Manuel Sarobe. Notario