El mundo en parcelas: provocación y apropiación cultural

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Alfredo Arizmendi

Actualizado el 13/02/2025 a las 23:51

¿Qué pinta Vox informando de nada en Berriozar? Si es que no hacen más que provocar. ¿Y en Estella? ¿Qué hacían en Estella?: Lo dicho: provocar. Si es que no saben hacer otra cosa… ¿Y en Vitoria, y en Bilbao? ¿En Lloret de Mar? No pintan nada. Siempre provocando. ¿Les han apedreado, agredido, destrozado la mesa informativa? Algo habrán hecho: provocar. Y encima estos fachas… Que no hubieran ido. Alde Hemendik!!!! y a pedradas, si es preciso.

¿Qué pretendían, ya hace años, Rosa Díez, María San Gil o Dolors Nadal yendo a conferenciar en la Universidad Complutense, la de Santiago y la Pompeu Fabra respectivamente? Respondamos con la venerable triada: provocar, algo habrán hecho, hay que combatir el fascismo. A modo de anécdota nada anecdótica, cabe recordar que cuando lo de Díaz en la Complutense andaba por allá dirigiendo la claque Pablo Iglesias (al que sim embargo le sentó fatal que le administraran “jarabes democráticos” cuando, ya potentado, se fue a vivir a Galapagar). También estaba el balbuciente Iñigo Errejón, defenestrado hoy por una madrugada de vino verde y calor mal gestionados. ¡Fuera fascistas de la Universidad! gritaban a los “provocadores” mientras ni siquiera aventaban los primeros aromas del poder.

Y es verdad: un provocador es auténtica gentuza. Está muy feo eso de ir por la vida irritando a la gente con palabras u obras para que se cabreen y la emprendan a coces, pedradas o cosas peores. Lo que ocurre es que el adjetivo se reparte como los caramelos en la Cabalgata de Reyes: a zarpados y sin apuntar.

Este asunto de las provocaciones responde a una concepción parcelaria del espacio público; tanto que no sería descabellado calificarlo de tribal, o confrontarlo con las conductas territoriales de las bandas latinas. En ese sentido, la provocación estriba en la incursión en territorio vedado. Tal o cual persona, partido o colectivo -da igual de qué pie cojeen- “no pintan nada” en nuestro pueblo, barrio, campus, etc. Son nuestros en un sentido patrimonial y excluyente, y nosotros decidimos quién puede ingresar o intervenir en esos ámbitos. Todo aquel que transgrede la norma lo hace por puro afán de provocar, y recibe el trato que puede esperar una banda de babuinos que invade el territorio de otra banda de babuinos. A qué pueblos, a qué barrios, a qué paraninfos no es seguro ir con según qué cosas todo el mundo lo sabemos… o deberíamos saberlo. Mucho ojo porque hay quien se ha hecho con “su” territorio a base de amenazas y violencia. Modernidad y civilización a raudales, y los modales o un mínimo de urbanidad mejor ni mencionarlos.

De las libertades que se consideran fundamentales (conciencia, expresión, reunión, asociación, información…), la única que se desarrolla en un ámbito estrictamente privado es la de conciencia. A partir de ahí, en mayor o menor medida, se salta a la arena pública. En los tiempos que corren ese ámbito público sufre un acelerado proceso de compartimentación. Me atrevo a decir que quizá sea más destructivo que la pura polarización. Y no me refiero solo al espacio político. Hablo también de cuestiones culturales.

Hablemos, por ejemplo, de la “apropiación cultural”. Según el Diccionario de Cambridge, apropiación cultural es “el acto de tomar o usar cosas de una cultura que no es la tuya, especialmente sin demostrar que entiendes o respetas esta cultura”. La trampa está en el verbo demostrar. ¿Es suficiente, mientras preparo un plato mexicano o canto un tango, mostrar un sereno ademán o hace falta hacer reverencias? ¿Qué inquisición juzga la profundidad de mi respeto o mi comprensión? ¿Es un conjunto de fenómenos culturales un territorio estanco por el que solo pueden deambular los naturales? Rotundamente no. La historia es una sucesión de transferencias culturales. Sin ellas estaríamos todavía ramoneando brotes en una planicie africana. Pero da igual. Desde que todo se ha patrimonializado, desde que la realidad es una agregado de parcelas cada vez más aisladas cualquier transferencia es apropiación, y esto provoca una indignación no exenta de resabios puritanos. Hay mucho de irracionalidad en todo ello, pero son los tiempos que nos hemos procurado a base de poner por delante de todo nuestro propio y mezquino interés.

Benedicto Spinoza, en el libro vigésimo de su Tratado Teológico-Político, demostró que en un Estado libre cada cual debe poder pensar lo que quiera y decir lo que piensa. Baste lo anteriormente expuesto para ver hasta qué puntso ideal de libertad universal, y nos encaminamos a un mundo construido a base de minifundios llenos de gente cabreada, temerosa, avizorando provocadores y ladrones de cultura.

Alfredo Arizmendi Ubanell. Licenciado en Medicina y Cirugía (UNAV). Licenciado en Odontología (UAX). Master en Comunicación (UPF)

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