El deterioro de la política

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FÉLIX ZUBIRI

Publicado el 08/02/2025 a las 05:00

Luis M. Sanz, excelente columnista y escritor de Diario de Navarra, hoy jubilado, reflejaba hace años bajo este mismo título la decadencia de una clase política desposeída de escrúpulos y que busca el poder a cualquier precio. Corría el mes de enero del año 2020 (DN-19-enero de 2020) y el autor del artículo hacía referencia a la falta de principios y valores en el ámbito político, condiciones que hoy, cuatro años después, tal vez siguen cabalgando en el hacer de algunos gobernantes. Una posible falta de principios y valores que, apoyados en doctrinas con ideología excluyente hacia otras ideas, castiga a quienes dicen la verdad y premia a los que prometen lealtades de grupo. En este sentido, parece que lo importante en la confrontación política es ganar de cualquier forma la partida al oponente, amparándose en el radicalismo ideológico del bando propio. Aun a costa de no ser sincero. Aun a costa de justificarse para ocultar las falacias.

Efectivamente, los fundamentalismos de uno y otro lado han resurgido y devaluado la política por culpa de un credo fanático donde unos partidos fabrican su propia realidad basada en esquemas de regímenes totalitarios, y otros intentan, como objetivo principal, que los ciudadanos asuman con mayor facilidad la trama de engaños que ocurren en la vida cotidiana (Václav Havel). Y así, seguimos adulterando la verdad bajo un discurso ficticio que intenta confundir la conciencia del pueblo y que insiste en no aceptar la realidad de los hechos, relegándolos a la categoría de materia interpretable. Todo ello, con el fin de que el vencedor alcance el poder absoluto y domine la voluntad de la ciudadanía. Sin embargo, donde hay poder hay resistencia (Foucault) y afortunadamente la verdad en el ámbito social (no en el político) posee una naturaleza tiránica, e implacable que tiende a resurgir tarde o temprano y que está por encima de las leyes.

Líderes y gobernantes deberían saber que la violación de las promesas electorales incumplidas por culpa del maquiavélico “cambio de opinión ” son ya analizadas por el pueblo como una farsa institucional, donde la ética y la moral que a todo gobernante se le presupone están quedando en entredicho, invalidando aquellas deliberaciones políticas que debieran ser honestas y representar las expresiones del conjunto de la nación y no de unos grupos determinados.

Como no podía ser de otra manera, unos más que otros se inclinan pues por distorsionar la realidad sin calibrar que, la posible autoridad así lograda será cautiva de sus propias mentiras, lo que obligará en un futuro a seguir mintiendo. Los dirigentes tendrían que ser conscientes de que todo poder obtenido con descrédito es prisionero de sus engaños, contribuyendo a una visión decadente de las instituciones donde la justicia brilla por su ausencia. Por eso Chesterton apostillaba: los hombres nunca se han hartado de la justicia política; se han hartado de esperarla.

El deterioro de la política es tan evidente que se ha caído en la trampa de aceptar esa deriva como normal, sin que nadie asuma responsabilidades y sin importar que las instituciones queden en un descrédito absoluto. Gana pues el discurso demagógico, profeta de un supuesto futuro maravilloso, al que se le está dando la categoría de cambiar el presente como si fuera ya una realidad absoluta. Esa es la imagen política actual, donde la impopularidad cotiza al alza entre la población al ver las dinámicas exclusivamente partidistas y cuasi irracionales de algunos líderes que nos gobiernan.

Parafraseando a Elisa de la Nuez, abogada del Estado, “convendría de cara al futuro plantearnos qué tipo de representantes políticos queremos para nuestro mundo. Porque en una época de grandes cambios e incertidumbres como la que vivimos se necesitan muchos más recursos intelectuales y morales que en otros períodos más tranquilos. Tal vez sea preciso que nos gobiernen técnicos y políticos con una formación más amplia e ilustrada, capaces de detectar hacia donde va nuestra sociedad. Se precisa repensar muchos conceptos políticos, jurídicos y económicos que ya no responden al mundo que nos viene. Y por encima de todo, se necesita un compromiso ético que, referido a los intereses generales de la ciudadanía, sea mucho mayor.”

Porque la ideología demagógica y un sistema del poder por el poder, siempre harán que el pueblo viva en la mentira y, lo que es peor, sin que muchos gobernante se sientan responsables ni ante las derrotas electorales ni por los errores cometidos bajo su supervisión. Y mucho menos por las consecuencias de sus decisiones. En cuyo caso habrá que contradecir a Montesquieu diciendo que el principio de la democracia no es la virtud.

Félix Zubiri Sáenz. Médico de Familia

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