Navarra: del ensimismamiento al desconcierto

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Alfredo Arizmendi

Actualizado el 28/01/2025 a las 23:13

La sucesión de malas noticias en el ámbito empresarial a finales de 2024, junto con las incertidumbres y amenazas que se ciernen sobre otras empresas, hacen que la percepción sobre el futuro industrial de Navarra se haya deteriorado de forma preocupante. Traslados, cierres, ERES, ERTES, aparecen en los medios con siniestra cadencia, dejando cientos de historias personales de desazón, y una sensación de debilitamiento de nuestra comunidad.

Mientras tanto, Aragón sigue siendo un agujero negro que atrapa todas las inversiones que pasan por su lado. Las mayores empresas del mundo están invirtiendo allí, los sectores más innovadores. Y no solo empuja Aragón. El 13 de enero, un diario de distribución nacional publicaba “Un geógrafo del PP y un biólogo del PSOE unidos por un récord: Galicia y Asturias lideran el crecimiento en ciencia e innovación”. En Cáceres, la Junta de Extremadura ha declarado Proyecto Empresarial de Interés Autonómico (PREMIA) la mina de litio de Valdeflores, con un valor estimado de 21.000 millones de euros. También en Huesca se proyecta una mina de hidrógeno. Nadie se duerme.

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Josu Jon Imaz, CEO de Repsol, lo exponía en una entrevista reciente: “Yo no quiero que me cierre una industria y me monten un centro de interpretación con dos personas para contarnos lo industrial que era este valle. Yo quiero una industria competitiva que permita que se pueda crear una sociedad de servicios alrededor”. De haberle preguntado por la conveniencia de una reconversión industrial, imagino que la respuesta sería afirmativa.

Alguno dirá que no estamos tan mal. Quizá sea cierto, pero hay matices relevantes.

En octubre de 2024, el Indicador Multidimensional de Calidad de Vida (IMCV) colocaba a la Comunidad Foral de Navarra, La Rioja, Aragón y País Vasco en las primeras posiciones. ¿Envidiable? Las cifras y los índices pueden ser ciertos, pero no dicen toda la verdad. Hay emprendimiento e innovación en Navarra, e industria consolidada, y empresas referentes, pero no parece que el ambiente sea hoy el más favorable. Retenemos a duras penas y atraemos lo justo.

La indisimulada hostilidad de la izquierda al empresariado es dañina. La presidenta del Gobierno foral ha declarado que “Todas las organizaciones empresariales lo que quieren es no pagar impuestos”. Quizá lo que quieren es trabajar y pagar en igualdad de condiciones con los territorios aledaños. También dice que “dos empresas (BSH y Sunsundegui) no hacen el dibujo del tejido industrial navarro”. Es evidente, pero como síntoma son representativas. Además, lo que perdemos se suma a lo que no somos capaces de captar. Que el tren de la prosperidad futura pase de largo por Navarra no merece ni comentario, ni reflexión. De aprender de la experiencia ajena mejor ni hablemos. Tampoco ayuda la enorme cantidad de energía y de foco que derrochamos en cuestiones identitarias, ni la ofensiva dejadez en la ejecución de infraestructuras.

Navarra debe despertar de un profundo y prolongado ensimismamiento. Los navarros nos hemos dejado llevar en una deriva autocomplaciente, satisfechos por un bienestar que hemos creído (y creemos) inquebrantable y consustancial. Durante décadas hemos supuesto que la ventaja competitiva que supone el régimen foral no podía ser replicada por otras comunidades, mediante otros enfoques. Y más aún, hemos creído que no podía volverse contra nosotros, que no podía ser utilizado torticeramente para ponernos en desventaja. Pensar así ha sido un gravísimo error.

¿Hemos pecado de soberbia? Toda sociedad tiene un alto concepto de sí misma. Los navarros, celosos siempre de nuestros particularismos, instituciones, de nuestra milenaria historia y nuestras tradiciones, hemos dejado pasar magníficas oportunidades de desarrollo. Quizá nos hemos amodorrado, empachados de nosotros mismos.

No es exagerado decir que, como sociedad, estamos en una encrucijada vital. Podemos hacer la de San Virila, y seguir mirándonos el ombligo foral mientras el mundo muta a nuestro alrededor, o la de San Francisco Javier, yendo a por el futuro con determinación. Lo primero es fácil. Lo segundo requiere liderazgos con visión y capacidad de acuerdo, que tengan el arrojo supremo de ir con la verdad por delante, hacen falta políticas más allá de meterle el dedo en el ojo al adversario, y una ciudadanía alineada con unos objetivos comunes, no con el blindaje de su parcela.

¿Tenemos alguna de estas tres cosas en Navarra? Hoy yo diría que no, y no veo ni en la ciudadanía ni en la clase política la capacidad de autocrítica imprescindible para virar el rumbo.

¿Vamos a exigir liderazgo y a buscar nuestro lugar en el mundo que viene o nos vamos a conformar con las consolaciones de una nostalgia estéril?

Alfredo Arizmendi Ubanell-Licenciado en Medicina y Cirugía (UNAV). Licenciado en Odontología (UAX). Master en Comunicación (UPF)

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