"El problema no es la “normalización” del euskera, sino el entusiasmo purgativo contra todo lo español, auténtico sueño húmedo de los más ardorosos y politizados defensores"

Publicado el 26/01/2025 a las 05:00
Durante los días siguientes a la sublevación militar de Franco, un grupo de requetés asaltó la sede del PNV, situada en el casino de un pueblo de nombre olvidable. Los vándalos arrojaron por el ventanal papeles, documentos, muebles…
Enfrente, un paisano que no era partidario del folclore los animó: “¡Las chuflainas, tirad las chuflainas!”, y allí que se fueron a estrellar con estrépito dodecafónico chistus y tamboriles.
Uno de los requetés vio un busto de Sabino Arana y se abalanzó sobre él, pero un compañero lo detuvo: “¡No lo tires, que es Beethoven!”. Así se salvó el busto del patriarca de piedra.
La anécdota me ha venido a la memoria a raíz de la carta publicada en este periódico por una madre que denunciaba el despido de tres maestras con más de 20 años de experiencia de la Escuela Infantil Municipal San Cristóbal de Ansoáin.
El Ayuntamiento segregacionista las despidió por no poseer el nivel C1 de euskera en un aula de castellano. En 20 años no habían adquirido el conocimiento de vascuence exigido para impartir clases en español.
Aquellos que hace 90 años vandalizaron la sede del PNV sentían tanto amor por su patria que debían eliminar todo vestigio cultural y lingüístico de los otros. Odiar una lengua es tan estúpido como odiar un teorema, pero resulta muy antipático que te obliguen a ser matemático sin sentir querencia sentimental por las raíces cuadradas.
En una región donde el 12% de la población es vascoparlante, la imposición por vía burocrática tiene efectos secundarios. En Valencia, se impuso el nivel C1 de valenciano para acceder a la docencia en la Escuela de Idiomas. Resultado: los profesores nativos de inglés, francés o alemán desaparecieron del profesorado y fueron acogidos por la enseñanza privada.
El problema no es la “normalización” del euskera, sino el entusiasmo purgativo contra todo lo español, auténtico sueño húmedo de los más ardorosos y politizados defensores: “¡Las castañuelas, tirad las castañuelas!”, gritarían en su arcadia monolingüe.