Cartas de los lectores
¡Gracias, Pamplona!


Publicado el 23/01/2025 a las 05:00
Fueron tres años y medio de feliz crecimiento. Además de estudiar en la UNAV, también maduré mi primera novela, ‘Todos los caminos conducen a Claudia’. Desde hace un par de meses, ese proyecto ya es realidad, pues gané el VII Concurso de la Editorial Didaskalos y el premio consistió en la publicación. Es de justicia que escriba a Diario de Navarra para dar las gracias. Alguno creerá que exagero, pero no es así, ahora lo verán. Estoy escribiendo desde mi ciudad, Santiago de Chile, y pensar en Navarra me recuerda sus nubes, pues nunca he podido mirarlas tan a gusto como allí. Por eso Pamplona es el paraíso del estudiante y del escritor. En esa ciudad se arreglaban los adoquines antes de que se soltaran (sic), de modo que la mirada quedaba libre de preocupaciones y disponible para la contemplación. Tampoco hay gigantografías publicitarias que violenten el paisaje, ni papeles en las calles, ni perros sueltos, ni ciclistas por las aceras, ni sirenas de alarma. En cambio, hay parques, plazas limpias, rotondas con flores y fuentes, familias con niños que juegan, ríen y conspiran para que sus padres les den dinero para dulces, matrimonios mayores que pasean, tranquilos, dando testimonio de una felicidad sencilla, o runners que intentan bajar de peso (pues dicen que en Navidad se suben tres kilos y luego durante el año solo se consiguen bajar dos). La gente sabe descansar y cuida las tradiciones: un símbolo de esto es el Corte Inglés, que ofrece de todo pero cierra los domingos. También saben ser hospitalarios: decían que los navarros no te invitan a su casa, pero mis vecinos Roico y Yolanda lo hicieron conmigo cantidad de veces. Nunca necesité ponerme música en los oídos pues me bastaba el sonido de la brisa que murmuraba entre las hayas, magnolios y fresnos. Disfruté con los estorninos y las urracas locas que brincan por el césped con sus trajes en blanco y negro. Me alegré con el rumor de la conversación y el entrechocar de cucharillas y tazas en las terrazas de los bares. Me sorprendió el suave silbar de los autobuses eléctricos, con choferes que te esperan unos segundos si te ven correr hacia el paradero. En cuatro palabras, conecté con la ciudad. Quizá ayudó también el aroma de las baguettes que salen a pasear por las mañanas bajo el brazo de los pamploneses, o los puestos de castañas que aparecen al caer la tarde.
Son muchas las personas que han desplegado sus talentos al servicio de la ciudad y del Campus de la Universidad de Navarra: corazones generosos que, aún sin conocerme, me acogieron. Gracias al trabajo de todos ellos, mis años en esas tierras entraron en la galería de lo inolvidable. Como Hemingway, soy un extranjero enamorado de Pamplona. Como Reyes Calderón, descubro en Navarra muchos motivos de inspiración. Entre unas cosas y otras, quisiera correr por todas las esquinas, tocar todas las puertas, abrazar a cada uno, subirme a las nubes y gritar desde lo alto, ¡gracias, Pamplona!
Juan Ignacio Izquierdo Hübner