"Cuando llevo a los míos al médico, temo que en las radiografías adviertan que tienen un brazo más largo que el otro de tanto que he tirado de ellos para que llegaran al colegio"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 22/01/2025 a las 05:00

La lluvia, que es una forma de soledad, ha extendido sobre la ciudad su luminoso manto de agua y Madrid parece envuelta en papel albal como los bocadillos de los críos. Al trasluz velado de los cristales de los coches y sus vahos de segunda fila, las luces de freno del atasco se dividen en mil gotas y alumbran en un rojo aumentado, deslumbrante casi como de las barracas de los sanfermines. 

La lluvia sume a la ciudad en un encogimiento de hombros y un temer el golpe de la varilla en el ojo que linda con la desesperación. Cuando sopla, el viento, en cambio, despliega una efervescencia y una excepción de ramas y aspavientos en otros caminos anímicos muy diferentes al de esta lluvia vertical, fría, mansa y quieta, que corre por una acera de lápida de tumba. 

Lluvia que se filtra por las rendijas del asfalto y que empapa los suelos de flores ya olvidadas yendo vaya usted a saber. Las palomas, oscuras, emboladas y pelopinchos de agua y encogimiento, la mayor parte de ellas mancas en rosas muñones, aguardan en sus aleros el momento de secarse para volar, a dónde y a qué. Uno las mira y recuerda aquel pasodoble que cantaba el Yuyu: “Es triste y dura la vida de los palomos / porque hace años que no me como un bistec de lomo”. 

En la raya del semáforo, blanca y plomiza como de panza de burra, el rider caraqueño canturrea una bachata que se hace tan lejana que la confundo con el tubo de escape o con el tinitus. Solo algunos niños celebran el aguacero saltando sobre los charcos y tiran de sus mangas unos padres que les dicen que ya está bien, fulanito.

Yo cuando llevo a los míos al médico, temo que en las radiografías adviertan que tienen un brazo más largo que el otro de tanto que he tirado de ellos para que llegaran al colegio, o al coche antes de que viniera el guardia, para que no salten sobre los charcos y, sobre todo, para que aceleren en este frenesí constante y húmedo de la ciudad bajo el aguacero. Corre, niño, date prisa que está lloviendo.

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