Miguel Aranguren Zubiri, maestro pastelero y montañero

Miguel Aranguren Zubiri
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Juan Cruz Alli Aranguren

Actualizado el 19/07/2026 a las 08:49

El 12 de julio falleció Miguel Ángel Aranguren Zubiri (1945-2025), hijo menor de Fermín y Paula, hermano de Tere y Francisco Javier, que vivía en la calle Mayor 50, miembro de una de las familias de primos Aranguren que, procedentes de casa Ilabarren de Elorz, formaron sus padres, Marcelino y Bene, Teresa y Tomás. Como en las tres existían niños de las mismas edades, más o menos, convivimos durante nuestros veranos en la Taconera y la Vuelta del Castillo bajo la tutela de la tía-abuela Felisa, que se enteraba poco de nuestras correrías por los fosos, el matadero, el exterior de la cárcel, la granja provincial y la vía del Irati-Plazaola. Los pequeños seguían a los mayores que éramos más osados y muchas veces sufrían las consecuencias de atravesar “sin respirar” espacios de ortigas para acabar “achunados”. Entre ellos estaba Miguel, que aceptaba los retos y sus consecuencias sin protestar y con pocas palabras. 

Cuando acabó los estudios primarios a los 14 años en la “Universidad de San Francisco”, nombre que los alumnos daban al centro escolar de la plaza, entró a trabajar de aprendiz en la pastelería de los hermanos Arrasate de la calle Pozoblanco 3. Fue la envidia de todos los primos por las posibilidades que se le abrían, más cuando nos contó que el primer día el maestro pastelero le dio la posibilidad de comer cuanto quisiera de los pasteles que no salían al mostrador o no se vendían. Lo hizo un par de veces, suficientes para comprobar las consecuencias de una indigestión. En ese obrador desarrolló su vida laboral hasta su jubilación con 62 años.

 Se aplicó con tesón al aprendizaje del oficio convirtiéndose en el maestro-pastelero que iniciaba muy tempranamente su trabajo, particularmente el día de Reyes. Comprobó que el obrador era un laboratorio y los profesionales unos químicos de alimentos, aprendiendo que la pastelería era historia, arte, técnica y ciencia para conocer y tratar las interacciones de las moléculas de los productos componentes, lograr las texturas gelificadas y aireadas, las emulsiones de la cremosidad, las espumas, el espesamiento y la viscosidad, la incorporación de nuevos productos y la innovación de las viejas recetas tradicionales. Todo con el método y rigor de una ciencia exacta en las medidas, proporciones y temperaturas para la combinación de elemento distintos, incluso opuestos, como la harina, el azúcar, el agua, las gelatinas, la grasa, el chocolate, los frutos secos, etc. 

El maestro que fue Miguel sabía que en cada bombón, pastel, tarta o postre se encuentran la creatividad y el sabor para dar gusto a los demás, transmitir amor y alegría, uniendo a las personas en los duces momentos de la vida con una experiencia sensorial única en cada paladar. Fue consciente que el aprendiz alcanza con esfuerzo, tenacidad y tiempo la maestría. Formó parte de una sucesión de generaciones que desde la antigüedad han experimentado y elaborado productos buscando la perfección del resultado. Estuvo entregado a su trabajo y al resultado de sus obras, tratando con sus compañeros que cada producto que salía del obrador fuera una obra de arte. Era su modo de ganarse la vida, convertido en vocación, amor a su oficio y a los resultados, consciente de la alegría que la degustación producía. La belleza y el sabor de los productos de sus manos los dedicaba a endulzar la vida de los demás. He de mencionar los pasteles “ingleses” que por una peseta nos llenaban a chicos y mayores de todas las dulzuras y sabores del obrador. 

La seriedad de su trabajo sólo la interrumpía los días de los sanfermines para salir con su compañero Arturo, con el atuendo blanco y el mandil, para correr en Santo Domingo hasta la Plaza Consistorial y regresar al trabajo. Esta era su gran expansión porque ni su carácter ni el horario le permitían otra. 

Era un soltero convencido, que mantenía “gracias a Dios y a los esfuerzos que hago”. Aunque de pocas palabras, era muy queredor de sus hermanos Tere y Javier, de su ángel protector que fue su cuñada Rosa, de su sobrina Laura y esposo Javier, de los sobrinos-nietos Javier, Paula y Pablo para los que preparaba croquetas y pasteles para “chuparse los dedos”. Esta situación le posibilitó desarrollar su afición a la montaña, a veces con su primo Juan José, alcanzando las rutas y cimas pirenaicas más importantes. A pesar de su experiencia, tuvo algún percance serio que no fue obstáculo para volver cuando sanó tras los cuidados de Rosa y Javier. Miguel fue un osasunista que se colocaba la bufanda y al Sadar. Como era una persona muy discreta en sus manifestaciones, apoyaba con energía positiva y se dolía cuando los partidos iban mal. Tenía la vocación sufridora y la resignación de todos los osasunistas. 

A Miguel aplico las palabras de E. D’Ors: “Cualquier oficio se vuelve Filosofía, se vuelve Arte, Poesía, Invención, cuando el trabajador da a él su vida, cuando no permite que ésta se parta en dos mitades: la una, para el ideal; la otra para el menester cotidiano. Sino que convierte cotidiano menester e ideal en una misma cosa, que es, a la vez, obligación y libertad, rutina estricta e inspiración constantemente renovada”. Miguel fue un aristócrata de las obras dulces bien hechas. Descanse en paz en el cielo de los que endulzaron y alegraron la vida de las gentes de su ciudad.

El autor es primo del fallecido.

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