Incertidumbre y prosperidad: el valor de la coherencia

Publicado el 21/01/2025 a las 05:00
En los últimos cinco años, he tenido el honor de formar parte del Parlamento. La experiencia desde esa posición me ha permitido reflexionar sobre las claves que deben guiar una gestión política efectiva, en especial en momentos de incertidumbre, como los que vivimos actualmente. Este tiempo me ha reafirmado en la convicción de que la coherencia es uno de los elementos clave de una buena gobernanza pública.
La coherencia es esencial para que los ciudadanos puedan sentir que están siendo dirigidos por un liderazgo que comprende sus necesidades y trabaja en función del bien común con un rumbo claro. Esta coherencia no solo se debe observar en el discurso, sino sobre todo entre las acciones y un auténtico propósito de bien común. En un contexto de incertidumbre, como el que rodea a Navarra y al resto del mundo, las personas y las organizaciones necesitan certezas de hacia dónde se va. No necesitan cambios de rumbo improvisados, inmovilismos paralizantes ni cerrazón en posiciones partidistas o cortoplacistas. La coherencia es seguridad, estabilidad y credibilidad, factores imprescindibles para que una sociedad prospere.
Esta reflexión me parece más que oportuna porque Navarra se enfrenta a una amenaza seria: estamos dejando de ser (o hemos dejado ya de ser, les confieso que no sé con qué tiempo verbal quedarme) una región industrial porque hemos perdido atractivo para la inversión, el ahorro y el talento. No tengo que bucear en datos para convencerles. Las noticias en las últimas semanas sobre las decisiones y la situación de varias empresas han sido realmente preocupantes para nuestra comunidad. Creo además que a esta preocupación se han sumado, poco a poco, personas que sobre este aspecto tenían una venda en sus ojos. Miren, los sectores productivos y las empresas buscan entornos estables, predecibles y facilitadores de la actividad (¿ustedes no lo harían?). Pero nuestra región está dejando de ser ese tipo de entorno. En un mundo globalizado, las empresas no desean instalarse en lugares donde se perciba ruido, confusión e incluso desconfianza hacia su actividad. Lamentablemente, si las políticas fiscal y regulatoria siguen el curso de las tres últimas legislaturas, los incentivos para que el tejido empresarial se asiente aquí serán cada vez menores. Las decisiones que han tomado diversas compañías yéndose, cerrando sedes o eligiendo otras localizaciones, no responden al capricho o a un calentón. Son decisiones que han ido madurando poco a poco desde años atrás conforme se observaba un deterioro progresivo de las condiciones. Un deterioro en términos absolutos, pero también relativos, porque otras Comunidades Autónomas se han preocupado de crear condiciones cada vez más atractivas.
Siempre hemos presumido -y con razón- del arraigo a nuestra tierra. Pero no vale con presumir. Ese arraigo hay que cuidarlo, alimentarlo con los incentivos adecuados y coherentes; con políticas claras y consistentes, que generen un entorno atractivo para la inversión, las personas y el desarrollo. Ahí es donde la coherencia desempeña un papel determinante. No podemos aspirar a un tejido productivo sólido, moderno, dinámico, si nos empeñamos en poner dificultades a quienes podrían hacerlo realidad. Nuestra políticas fiscales -nuestras por nuestra foralidad - no son coherentes con ese objetivo, como tampoco otras iniciativas legislativas que se han tomado en Navarra en materia empresarial o educativa. Incluso me atrevería a incluir aquí la ausencia o el inmovilismo en materia de políticas industriales de calado.
Hace unos años, el gobierno de Navarra, bajo la presidencia de UPN, adoptó con éxito una fiscalidad que atraía al sector productivo, cuidaba el ahorro y equilibraba un trato fiscal especialmente a las rentas bajas y medias, con una provisión de servicios públicos que satisfacía a quienes contribuían con sus impuestos a su mantenimiento. Esta misma política fue aplicada en otros territorios forales, como las provincias del País Vasco, donde los dos principales partidos, PNV y PSE, siguen apostando hoy por ella como un pilar de su modelo económico. Sin embargo, en Navarra, vamos en la dirección opuesta de la mano de esos mismos partidos. Difícil de entender, porque falta coherencia. Lo que antes se defendía y funcionaba y lo que ahora se implementa con éxito en otros territorios, debería servir también para garantizar la prosperidad de las clases medias y trabajadoras de nuestra Comunidad. Y si no es así, que se explique por qué. Es el futuro de Navarra.
Habrá quien reduzca esta discusión al plano ideológico. Pero esa no es la verdadera cuestión. Cuando distintas medidas fiscales son adoptadas por los mismos partidos en distintos lugares, queda claro que no se trata de un tema ideológico. El problema es de falta de eficacia y de coherencia en la gestión pública. No puede ser que, en unas regiones, se tomen decisiones que favorecen el bienestar de la mayoría, mientras que, en otras, se sigue postergando su implementación por razones que no son claras. Esta disparidad de criterios no responde a una lógica que beneficie a los ciudadanos, sino que responde más bien a un batiburrillo de intereses partidistas que no encaja con el bien común.
Por desgracia, parece existir cierta resignación sobre esta cuestión. Parece que, como sociedad civil, nos hemos acostumbrado y toleramos lo que ocurre. En lugar de cuestionar el statu quo, caemos en la tentación de pensar que no hay nada que se pueda hacer para cambiar la situación, a la vez que vemos a quienes optan por “votar con los pies” abandonando Navarra. Semejante conformismo es muy dañino. Por eso hay que repetir y exigir propuestas coherentes y efectivas; hay que insistir en que conocemos las medidas y políticas adecuadas y aún pueden llevarse a cabo, independientemente del ruido de la política actual. Exijamos coherencia a quienes nos gobiernan, porque las incertidumbres y riesgos con que la economía mundial ha recibido al año 2025 la hacen más necesaria que nunca. Coherencia entre los objetivos que anuncian, a veces con grandilocuencia, y las medidas que se aplican. Coherencia con lo que funcionaba aquí y defendían en su momento. Coherencia con lo que pactan en otros territorios forales. ¿Es mucho pedir?
María Jesús Valdemoros. Economista y Profesora de IESE Business School