"Entre las carencias de los negacionistas del alunizaje está sin duda que nunca se sentaron en el Planetario de Pamplona. Era ciencia y era magia"

Actualizado el 20/01/2025 a las 22:50
La luna y las estrellas no siempre se dejan ver en Mordor pero iluminaban exultantes el firmamento de la Tornamira, la sala del Planetario devorada por las llamas en la que todo resultaba sugerente. Uno se sentaba en sus butacas inclinadas rodeado de un mar de asientos bajo la gran cúpula y se imaginaba en una rampa de lanzamiento, a punto de despegar. Ligeramente reclinado con la vista mirando al cielo muchos escolares se creyeron dentro de una nave espacial que bien podría llamarse ZEISS VI, que es el nombre del proyector digital. Dicen que aquello era un Planetario. Era más. Una quimera espacial para los escolares que utilizaron sus sillas galácticas, una puerta a las constelaciones y también a sus misterios.
En aquel local nada resultaba indiferente. Los chavales quedaban atrapados por la disposición de la sala, por el proyector, por la cúpula y por la belleza del lenguaje utilizado. No importaba que no entendieran bien qué significaba Casiopea, Pegasus, Andrómeda, Tauro o la Osa Mayor. Al escuchar esas palabras, al pronunciarlas activaban una curiosidad por el sistema solar, las estrellas fugaces, la vía láctea, el universo, la observación de la galaxia… El Planetario era el eslabón que confirmaba que Amstrong, Aldrin y Collins pisaron la luna o que hay agua en Marte. Entre las carencias de los negacionistas del alunizaje está sin duda que nunca se sentaron en el Planetario de Pamplona. Era ciencia y era magia. Era la NASA y Disney, ‘Pamplodisney’ si se me permite el palabro. Era la Guerra de las Galaxias, Star Wars, el Jedi o Darth Vader, la vida misma más allá de la realidad conocida. La luna y las estrellas no siempre se dejan ver en Mordor y hoy el Planetario se ha convertido en agujero negro.
Su sala Tornamira, la nave nodriza en la flota, está gravemente dañada. Urge la mejor tripulación que la recupere para la galaxia del parque de Yamaguchi, algo así como el Cabo Cañaveral del Planetario. Que vuelva el firmamento de la Tornamira, sencillamente para que una nueva generación pueda soñar, como sus predecesores, sentada en asientos que miran hacia arriba, contemplando un cielo lleno de estrellas y haciéndose preguntas. Los sueños en un Planetario son las respuestas de hoy a las preguntas del mañana.