Jesús Aizpún, 25 años después

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José Ignacio Palacios

Publicado el 03/01/2025 a las 05:00

Ahora que se han cumplido los 25 años del fallecimiento de Jesús Aizpún, me parece que sigue de plena actualidad lo que este periódico me publicó hace diez años:

El 30 de diciembre de 1999, cuando tan sólo faltaban dos días para que llegara el temido año 2000, el presidente del Gobierno de España y presidente nacional del Partido Popular, José María Aznar, se desplazó hasta Pamplona para asistir al funeral de Jesús Aizpún, que había fallecido el día anterior a los 71 años de edad. Era la mejor manera de reconocer a un político de convicciones firmes y profundas que a lo largo de los difíciles años de la transición se había jugado la vida en esta tierra de Navarra por defender unos principios y unos ideales.

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Aizpún, padre de 11 hijos, abogado de reconocido prestigio dentro y fuera de Navarra, hombre creyente que había hecho de los valores del humanismo cristiano el fundamento de su vida y de su acción política, fue uno de esos que a la muerte de Franco decidió entrar en política para defender a Navarra y a los navarros; es decir, para reivindicar las instituciones privativas, las libertades, las tradiciones, las costumbres, los fueros, la personalidad política propia y la españolidad de nuestro Viejo Reyno. Y lo hizo en unos momentos difíciles y convulsos en los que el nacionalismo vasco, con tanta o más intensidad que ahora, falsificaba la Historia y quería meter a Navarra en esa Euzkadi que jamás existió. Unos tiempos en los que por las calles de Pamplona se podía escuchar a los más moderados gritar: “Del Burgo, Aizpún, Navarra es euskaldún” y, a los otros, dar ideas a la sangrienta ETA como: “Del Burgo, Aizpún, pim, pam, pum”. A pesar de todo ello, Aizpún siempre fue un firme defensor de la Navarra foral y española tal y como está descrita en el artículo primero del Amejoramiento. Artículo que le gustaba repetir de memoria en muchas de sus intervenciones públicas: “Navarra constituye una Comunidad Foral con régimen, autonomía e instituciones propias, indivisible, integrada en la Nación española y solidaria con todos sus pueblos”.

A pesar de que coincidíamos en todos esos planteamientos, siempre hubo algo que nos separó. Él pensaba que la mejor manera de defender todo esto era a través de un partido regional, y por eso fundó Unión del Pueblo Navarro, mientras que yo opinaba que en una España con 17 autonomías no tenía sentido que se fomentaran los partidos regionales y que lo que necesitábamos era un partido de implantación nacional, desde el que se defendieran los intereses de Navarra y de España y se ofreciera una alternativa seria y viable al Partido Socialista, que era el que gobernaba con mayoría absoluta en nuestro país. Por eso, hasta en cinco ocasiones, tuvimos unas sonadas polémicas a través de las páginas de este periódico. Y por eso no nos juntamos bajo unas mismas siglas hasta que el 25 de marzo de 1991 se firmó el pacto estable y permanente entre UPN y el Partido Popular. Pacto que, es cierto, él lo firmó en su condición de presidente del partido regionalista, pero haciendo la siguiente salvedad: “Así como alguno jura la Constitución por imperativo legal, yo firmo por imperativo legal. Firmo, no porque me guste el pacto sino porque la asamblea lo ha aprobado y yo apruebo la voluntad de la Asamblea”. Pero, a partir de ese momento, siempre respetó esa unión.

Desde entonces y hasta 1997 fue mi presidente y con él mantuve una cordial relación, porque era un Señor de la política, uno de esos que ahora tanto se echan en falta. Porque, tal y como lo definió Manuel Fraga: “Aizpún era el prototipo del político serio, de principios; del buen jurisconsulto, con ideas claras sobre el Derecho público y la responsabilidad de sus decisiones; leal y buen amigo, a la vez que dotado de un (fino y cortés, a la vez) gran sentido del humor”. Por eso, ahora, cuando se cumple el XXV Aniversario de su muerte, creo que no debe quedar en el olvido y que, a través de él debemos recordar y reconocer a todos aquellos que optaron por el camino más difícil y pasaron por la política sin lucrarse de ella, porque tanto en el aspecto económico como en el personal podían haber vivido mucho mejor y más tranquilos en sus respectivas profesiones. Unos políticos que, como dijo Jaime Mayor Oreja de Aizpún, “más que militantes de un Partido fueron los militantes de una causa política: la personalidad de Navarra y la defensa de España”. A todos ellos, a través de Jesús Aizpún, vaya mi recuerdo y mi agradecimiento.

José Ignacio Palacios Zuasti

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