"No tienen mucho tiempo. El Rey de los hombres viene a nacer en la noche en un portal sucio, y no a plena luz del día en un palacio de oro y de mármoles"

Actualizado el 25/12/2024 a las 23:04
José limpia el establo. María prepara su cuna en el pesebre, la frente perlada de sudor. Está nerviosa. No tienen mucho tiempo. El Rey de los hombres viene a nacer en la noche en un portal sucio, y no a plena luz del día en un palacio de oro y de mármoles.
Hace tiempo que María siente el rayo de los primeros dolores, el miedo y la soledad de una pareja joven arrojada, como tantas, a la incertidumbre de un futuro quebradizo que representa, geométricamente, el recién nacido.
“No temas”, le dijeron, y ella intenta confiar, pero cómo saber si las cosas saldrán bien en la oscuridad de ese pesebre entre la respiración de los animales, ajenos al apuro que están viviendo.
Un niño, moneda al aire entre todo aquel desorden, viene al mundo entre los desesperados, los agotados moradores de los caminos, los que no tienen futuro, seres del filo arrojados a su suerte. Le esperan la luz y y el amor, pero también el sufrimiento, el dolor, el miedo y la angustia que también para él están escritos.
Porque viene al mundo como todos los niños en un gigantesco salto al vacío y porque no hay sitio para Dios en las posadas, ni en las cortes de los grandes hombres que lo buscan para matarlo.
Mirad al Mesías: no vuela sobre los tejados de Jerusalén, no conduce un carro alado, ni demuestra de lo que es capaz en trabajos colosales. No hay fuertes brazos, ni un pecho poderoso: solo hay Fe y amor en mitad de la niebla de la noche. El hijo de Dios no sabe ni hablar y lleva pañales en brazos de una madre niña que, muerta de miedo, confía, y un San José que cree a ciegas, que es la única manera en que se puede creer de verdad.
Solamente una estrella, como hay miles en el cielo, marca el lugar de su llegada. Su corte improvisada, sin ejércitos, oropeles, trompetas y elefantes, la componen pastores somnolientos, desarrapados, incrédulos y pobres de solemnidad, arrodillados ante el misterio de la belleza de lo sencillo, lo humilde y lo frágil.
Sus ojos de niños pobres en los que se refleja la gloria, son su posada, pues representa el amor entre la suciedad, la incertidumbre y la desesperación. Puedes hacerle un hueco en tu corazón.