"Entre tanta exaltación del músculo, no extraña que matar en determinadas circunstancias esté bien visto"

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José María Romera

Actualizado el 20/12/2024 a las 23:43

A primeros de diciembre, el CEO de UnitedHealthcare, Brian Thompson, fue asesinado a tiros en pleno Manhattan por alguien que quiso hacerle pagar los abusos de las compañías de seguros de salud en EE. UU. 

Dos semanas más tarde, en un acera de Moscú, un explosivo colocado en un patinete eléctrico hizo saltar por los aires al general Igor Kírilov, jefe de las unidades especializadas en guerra química del ejército ruso. 

En los dos casos se trataba de peces gordos de sus respectivos gremios, y a ambos los hemos visto caer merced a las cámaras infinitas que graban nuestros pasos, y se conoce que ahora también nuestros adioses. 

Lo siguiente ha sido el regocijo provocado por esas imágenes en amplios sectores de la población que los han considerado actos de justicia retributiva. Se comprende, aunque a medias. Creíamos que en las sociedades civilizadas el consenso moral iba en otra dirección, la opuesta a los actos de violencia. Pero el recurso a la fuerza como vía de solución va ganando prestigio, incluso entre aquellos que presumimos de renegar del crimen por haberlo visto merodear con frecuencia en nuestro entorno. 

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En los últimos tiempos el glamur de la fuerza no solo se ha impuesto en los crecientes escenarios bélicos; ha engendrado una retórica del poder del más fuerte y una estética brutalista de los cuerpos, del ocio y de la cultura, invade gimnasios, salas de consulta y programas televisivos. 

Entre tanta exaltación del músculo, no extraña que matar en determinadas circunstancias esté bien visto. Ahora bien, habría que preguntarse si los magnicidios de Moscú y Nueva York han servido para algo que no sea la parva satisfacción de algún paciente arruinado por las facturas del hospital o de algún ucraniano en pie de guerra. 

Solo en los patrones de las películas de acción se produce la magia de que la muerte del cabecilla lleva aparejada la resolución inmediata del problema. En la realidad, el puesto que queda vacante es ocupado al momento por alguien de idéntica catadura dispuesto a seguir la misma política o incluso a endurecerla. 

Fuera de las narrativas simplistas contaminadas por el sesgo cinematográfico, rara vez el crimen conduce al 'happy end'. Matar no es resolver. "Morir", como ha declarado Han Kang en su discurso del Nobel, "es volverse frío. Matar es enfriar".

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