"¿Quién no se estremece al oír determinadas canciones de ayer que nos reviven con una nitidez inmaculada momentos significativos de nuestra vida?"

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Luis Arbea

Actualizado el 21/11/2024 a las 23:48

En algún lado he leído que un reconocido escritor español del siglo pasado afirmaba que desconfiaba de la música porque no tiene palabras. ¡Qué curioso!, a mí precisamente me sucede todo lo contrario: desconfío de las palabras porque no tienen música. 

Una afirmación que puede parecer un tanto efectista y teatral, pero que es más que razonable y muy fácil de entender. Y es que estamos rodeados de tantas (demasiadas) palabras vacías que no comunican y tan desafinadas que ensordecen, que terminan por hacer daño a oídos sensibles. 

Esas a las que posiblemente se refería el filósofo rumano Cioran cuando escribía aquello tan impactante de que “toda palabra es una palabra de más”. Esas que no tienen música, que no son armónicas y no producen más que ruido. Esas que transmiten violencia y alientan codicia e incomprensión, esas que chirrían y en muchas ocasiones atruenan. Esas tramposas que mienten... Normal que uno acabe sobrado y aburrido.

Así que, puestos a elegir, me quedo con los gritos, tantas veces angustiosos, tantas veces llantos, de los más necesitados que en medio de su tragedia reclaman vida: esos sí son melódicos acordes de emoción desnuda, tristes canciones sin letra, música del alma. Pues eso, que me sobran las palabras, no así la música que se escucha con devoción y cala muy profunda en nuestro interior.

Pero más allá de estas “sesudas” y nada despreciables reflexiones, a nivel más de andar por casa, lo cierto es que la música es algo bueno y saludable, son múltiples sus virtualidades positivas. Por ejemplo, probablemente la más relevante, su capacidad de expresar, comunicar y generar sentimientos. 

Unos sentimientos que hacen posible traspasar las a veces infranqueables paredes de la razón práctica y llegar directamente a las escondidas interioridades de nuestro siempre inquieto corazón. Que sí, que la música empieza cuando se acaban las palabras y que llega donde estas no llegan. Pura magia.

Y desde esta misma perspectiva, imposible no destacar su extraordinario poder de evocación de situaciones preñadas de hondo contenido emocional. ¿Quién no se estremece al oír determinadas canciones de ayer que nos reviven con una nitidez inmaculada momentos significativos de nuestra vida? Las primeras fantasías infantiles, aquellas ilusiones de adolescente, los primeros escarceos amorosos, aquellos momentos de gloria o de especiales fatigas y desventuras, las pérdidas de personas queridas… momentos asociados a melodías que no se olvidan nunca. Esa personal memoria musical y que nostálgica -no exenta en ocasiones de alguna gota de melancolía- nos revitaliza.

Y, por si fuera poco, la música también nos puede resultar terapéutica: libera biomoléculas (principalmente endorfina y serotonina, dicen los expertos) que aumentan la sensación de bienestar, evidente su poder relajador. Va a ser verdad aquello de que la música amansa a las fieras. 

En este sentido, asimismo innegables sus significativas prestaciones en el campo de la musicoterapia. Indiscutible su carácter reconfortante. A mí personalmente, me abraza, me acuna y me acompaña… como una segunda madre. En definitiva, que por una razón o por otra, hasta nos puede hacer mejores. “Mis obras no pretenden divertir al público, sino hacerlo mejor”, iluminada la aspiración de Haendel.

Por todo ello, qué menos que esta sentida apología en el día de Santa Cecilia y rindamos un merecido homenaje a la música y a su ilustre patrona. Así pues, alcemos nuestras copas y brindemos con un ¡bravo por la música y los músicos! que no solo nos hacen mágicos como cantara Juan Pardo, sino que, además, lo acabamos de ver, nos pueden elevar como personas. Que sí, que no hace falta que nos lo recuerde Nietzsche, sin música la vida sería un error.

Luis Arbea es psicólogo y filósofo

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