"Entre la turba seguro que había algún ultraderechista, como también algún votante del PSOE que le arrojaba pellas de barro, y amas de casa sospechosamente nazis"

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Juan Gracia Armendáriz

Actualizado el 09/11/2024 a las 23:08

Es triste admitirlo, pero la unión de un país se forja contra los otros y a través de las guerras. Aquí tuvimos una contra nosotros mismos y en ella seguimos. Sánchez agita la maraca de la ultraderecha, sustantivo cuyo campo semántico ha ampliado a todo aquel que no le diga lo guapo que es. 

La DANA -una guerra contra la naturaleza- ha puesto de relieve la distancia sideral que separa a los ciudadanos de un Estado desarticulado. Lo mejor ha sido comprobar que la unidad existe, como siempre ocurre en España cuando se trata de ayudar frente a un enemigo común. 

Borges destacó, con acierto, que la característica principal de España es la generosidad. Los bilbaínos -aunque el PNV lo haya olvidado- lo vivieron durante la riada de 1983; en 72 horas diez mil militares acudieron en su ayuda. 

Más allá de las competencias atribuidas a Mazón y Sánchez, uno con máxima torpeza y negligencia, y otro con cálculo siniestro, han jugado con la vida de las personas. 

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En Paiporta, los Reyes mostraron una entereza soberana. Detrás se parapetaba Mazón, al que se le ha quedado una mirada espantada; mientras Sánchez huía porque si no lo matan, ahora sí, en el auténtico fango. 

Entre la turba seguro que había algún ultraderechista, como también algún votante del PSOE que le arrojaba pellas de barro, y amas de casa sospechosamente nazis. Saldrán las guillotinas, pero no será la cabeza un rey, precisamente, la que ruede en el cesto. 

Mazón pagará con su carrera política su desastrosa gestión, y uno espera que sea el principio del fin de Sánchez, quien el mismo miércoles, mientras se celebraba la vergonzosa sesión parlamentaria, pudo activar el Plan General de Emergencia, ley 17/2015, sin necesidad de que lo solicitara el gobierno valenciano. 

En tanto, la buena gente acude con escobas y cubos y las donaciones se multiplican ante un Estado sostenido por admirables alcaldes y concejales de las pedanías valencianas. La DANA nos ha mostrado el retrato de un país cuyos responsables políticos al más alto nivel son algo mucho peor que una calamidad.

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