"Que no, que lo veo cristalino, que no quiero ser inmortal… aunque, pensándolo mejor, nunca le haría ascos a un poquito"

Publicado el 01/11/2024 a las 05:00
Para nadie en su sano juicio la muerte es plato de buen gusto, y no es para menos. Además del fin absoluto de nuestro ser biológico, implica también la aniquilación de nuestro ser autobiográfico: no solo muere el cuerpo sino también el alma, ese espíritu prodigioso que nos proporciona conciencia y sentido. Con la muerte desaparece nuestra vida y con ella nuestra manera de ser en el mundo, nuestra historia, nuestros anhelos y esperanzas, nuestros amores...
La muerte, recalcitrante cleptómana, no solo nos roba la identidad, también esos chispazos de felicidad que tan tacañamente la vida nos depara. Un verdadero despropósito, muestro mayor fracaso existencial. Pero ahí no acaba la cosa, además, nos enfrenta sin tapujos, incluso con descaro, a un más allá desconocido e insondable, tal vez a un silencio eterno. La muerte, esa puerta de salida (para los creyentes esa puerta de entrada) que nos arroja a la nada, al gran quizás al decir de Rabelais, inevitable el vértigo y casi obligatorio el rechazo. Pues eso, que no me hace la más mínima ilusión esto de morir. Sin embargo, así de contradictorios somos los humanos, curiosamente tampoco quiero ser inmortal, cometería el último y más estúpido error de mi vida.
¿ERES SUSCRIPTOR? AQUÍ TIENES MÁS INFORMACIÓN SOBRE ESTE TEMA
Amplía la información sobre OPINIÓN en la edición e-paper de Diario de Navarra, disponible a diario para suscriptores de papel y PDF
Tan es así que los dioses, destinados a vivir para siempre, estarían celosos (¿desearían ser humanos?) de la mortalidad de los hombres; sutilmente nos lo sugiere Homero en su Odisea cuando la diosa Calipso, enamorada de Ulises. le ofrece la inmortalidad y él la rechaza, Penélope y la fugacidad terrenal lo esperan.
Y no nos debería sorprender, una vida sin el horizonte de la muerte podría acabar resultando insoportable: la soporífera monotonía de un inacabable día tras día podría suponer un aburrimiento infinito, agotador, terriblemente desesperante y hasta depresivo. Tal vez por ello, los dioses, ¡pobrecitos!, andaban a todas las horas cabreados y a la greña entre ellos, me imagino que para matar el tedio y recuperar la ilusión de vivir pues solamente se ama la vida cuando se tiene conciencia de su finitud. Efectivamente, apenas disfrutamos de lo que nos sobra y allá en el Olimpo si algo sobraba eran los días, el tiempo. Así que no es de extrañar que aquel fumador impenitente, sabio él, al que un amigo le echaba en cara que siguiera fumando por lo nocivo que era para su salud, le contestara: “porque tengo miedo de no morir”.
Que no, que lo veo cristalino, que no quiero ser inmortal… aunque, pensándolo mejor, nunca le haría ascos a un poquito, tampoco me entusiasma esto de abandonar este valle de gozos y lágrimas demasiado pronto. Y, curiosamente, esa tímida y atractiva inmortalidad la tenemos al alcance de nuestras manos.
Por ejemplo, alargando nuestra vida siendo más conscientes de que estamos vivos; esto es, viviéndola a tope como si fuéramos a morir en cualquier momento. Versión moderna del clásico carpe diem: “aprovecha el día de hoy y no confíes en el mañana”. L. Wittgenstein, veintiún siglos después, lo borda con su inspirado “quien vive con intensidad el presente no muere nunca”. En efecto, vivir a tope el presente, probablemente es “vivir más”.
Y, por supuesto, imposible obviarlo, desarrollando amor. Sin duda alguna, el amor también nos puede hacer eternos: “Decirle a alguien te quiero es decirle no morirás”, escribía el filósofo parisino Gabriel Marcel. Ni tampoco podemos olvidar aquello tan profundo (y sugerente), es mi eslogan, de que creamos vida en las personas que amamos, les proporcionamos tantas ganas de vivir… Y es que el amor es la única manera de reconciliarse con la noche.
Y si, además, tras ella, alguien nos esperara…