"Me encorajina pensar que un día, cuando me siente a escribir, esa IA me diga altanera: dime qué idea tienes y verás como la mejoro. No, no, y no"

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Lucía Baquedano

Publicado el 16/10/2024 a las 20:00

Últimamente cualquier revista o periódico que cae en mis manos me habla de la inteligencia artificial. Unos a favor, otros en contra, muchos en la duda de si tal adelanto ayudará o perjudicará nuestras vidas, pero nadie indiferente. 

Servidora, dentro de su mediocridad en el asunto, tampoco es indiferente, sobre todo porque se siente asustada. Por ejemplo, en mi oficio de escribir he pasado por todos los estadios. 

Escribí mis primeras letras sobre una pizarra y con pizarrín. Una de aquellas pizarras negras con marco de madera, a las que nuestras previsoras madres añadían un trapillo atado con una liz para borrar lo ya escrito y no utilizar para ello la manga de la chaqueta. 

Desde el modesto pizarrín, ha pasado por mis manos todo tipo de instrumentos escribidores: lápiz, pluma de mojar en el tintero, portaminas, estilográfica, bolígrafo, máquinas de escribir mecánicas y electrónicas, y finalmente el ordenador. Podría decir que soy experta en cambios. 

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Pero ahora me hablan de la inteligencia artificial, que a lo mejor no rasguea ni teclea, pero piensa por mí y lo cierto es que el pensamiento me apabulla. Y es que, ¿saben? Yo antes era lista. 

Mis hijos niños me preguntaban cosas que yo sabía responder. Cosas como la capital de Bulgaria, cuantos son ocho por seis, si revisión se escribe con b o con v, o qué quiere decir autobiografía o desorientar. 

Ahora, pasados los años la que pregunta soy yo, porque los listos son ellos y a menudo tienen que sacarme de apuros frente a los desmanes de mi ordenador. Esto no me humilla, más bien me encanta que sepan más que yo. 

Me admiró lo indecible que hace pocos días mi nieta pequeña recargara desde su móvil mi tarjeta del autobús. Que mis hijos y mis nietos me superen lo admito gustosa, pero, ¿qué quieren? no que lo haga un artefacto que apenas conozco. 

Me encorajina pensar que un día, cuando me siente a escribir, esa IA me diga altanera: Dime qué idea tienes y verás como la mejoro. No, no, y no. Creo que no podré soportarlo.

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