"Estuve un buen rato mirándolos, y creo que me dolió no llevarme ninguno, pero los tengo todos, como también los de Guillermo"

Actualizado el 09/10/2024 a las 23:39
Alguna vez les he hablado de un puesto del mercado en el que en vez de pescado o verduras, se exponen libros. Libros que una puede tomar prestados o cambiar por otros. Siempre me detengo allí, por si algo me interesa, y a veces me llevo la agradable sorpresa de ver entre los demás aquel que un día estuve buscando, o que me trae inolvidables recuerdos por haberlo disfrutado cuando lo leí.
Hace unos días fueron unos ejemplares de Guillermo Brown, desde cuyas portadas el travieso chiquillo parecía hacerme un guiño, como si también él me recordara y agradeciera las risas que me arrancó, allá por mis doce o trece años, cuando ambos nos hicimos tan buenos amigos. Pero lo que me encantó, casi diría que me emocionó, es ver allí expuesta al menos una docena de libros de Julio Verne, vestidos de digna encuadernación y en magnífico estado de conservación.
Los contemplé embobada, sabiendo que entre sus páginas se ocultaban el capitán Nemo y Miguel Strogoff, el capitán Grant y sus hijos, Phileas Fogg y Picaporte, el capitán Hatteras y el de 15 años... en fin, todos los héroes que acompañaron mi lectora adolescencia.
Estuve un buen rato mirándolos, y creo que me dolió no llevarme ninguno, pero los tengo todos, como también los de Guillermo. Y aunque seguramente pensaba en mi descendencia cuando los guardé, dudo que mis nietos los hayan leído. Otras historias les conmueven ahora más que la candente espada sobre los ojos del correo del zar. Aunque quizás no, ya que no he vuelto a ver estos libros en el mercado.
Enseguida desaparecieron, y esto me alegró sobremanera, porque imaginé a otro lector como yo, metiéndolos apresuradamente en su carro de la compra mientras el corazón le latía alocadamente, con grandísimo gozo. Igual, igualito que me hubiera latido a mí hace un montón de años, si hubiera encontrado frente a mí, y al alcance de mi mano, semejante tesoro.