"Han matado a papá. Es de verdad", gritaba, sentado en la silla de la cocina mientras el terrorista se abría una coca cola

Actualizado el 08/10/2024 a las 23:05
Alberti escribió que no había estado en Granada, pero yo estuve en Nir Oz, aquel kibutz en el que Hamás desplegó el mal en formas y dimensiones nunca antes conocidas. Todo el dolor que vino después prendió de aquel dolor.
Me recibieron unos gatos huérfanos que maullaban descarados, unos gatos funerarios que andaban mendigando cariño y se arrimaban a cualquiera.
Acaso antes de los ataques fueran gatos distantes, señoriales y sevillanos, como gatos de Antonio Burgos, y todo cambiara el día en que se quedaron solos.
A veces, los signos del terror se revelan de las maneras menos evidentes, casi despreciables, y anidan en los márgenes del cuaderno del viajero: en la bicicleta aparcada frente a Bataclan que nadie recogió, un paraguas tirado en la terraza ametrallada de París y, ahora, los gatos abandonados de los asesinados del 7 de octubre.
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Un año después, los animales pasean como fantasmas entre buganvillas, cascotes, cristales, sangre, y los triciclos de aquellos bebés pelirrojos. No sé si tendría gato aquel niño que en los vídeos de la masacre preguntaba a su hermano si veía algo por ese ojo, y no tenía.
Lo había perdido por la explosión de la granada sobre la que se había tirado su padre para salvarlos. “Han matado a papá. Es de verdad”, gritaba, sentado en la silla de la cocina mientras el terrorista se abría una coca cola recién cogida de la nevera de su víctima.
Se nos estaban llenando las pesadillas de niños y de gatos, y al otro lado de la valla suena la artillería en Kan Younis en un lamento sonoro que es eco de aquel lamento primero.
Todos los muertos son un poco el mismo y lo van llenando todo como figuras del absurdo y se te sientan al lado a decirte cosas que nunca entiendes.
Hace tiempo que todas las mesas son la de aquel café de París, todas las puertas, la del refugio del kibutz que no tenía pestillo y todos los niños, aquel niño sin ojo sentado en la silla de la cocina.
En este trabajo, las pesadillas van en el sueldo; otra cosa es el cabreo y la perplejidad. Por ejemplo, la de ver cómo hacen manifestaciones propalestinas el aniversario del día en que una banda palestina asesinó a 1.200 personas. No vayamos a creer que apoyan a los terroristas.