"Venía a celebrar el otoño, un tiempo huérfano, ideal para que se te vaya la olla"

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Chapu Apaolaza

Actualizado el 01/10/2024 a las 23:41

Dijo Albert Camus que el otoño es una segunda primavera, en la que cada hoja es una flor. Se ha venido el otoño con su metralla de hojas secas y esta ambición de abrigo sobre los hombros, chimenea, palomera, madrugón y bocata de chistorra en el morral; de castañas de Andoni, y el calor de los amigos por las esquinas de una noche que cada día se hace antes.

Se pasó septiembre en su anticipación de bombas y el eco de las de explosiones. Escribió Churchill que la verdadera grandeza consiste en mantener la calma. En la zona desocupada de la frontera entre el Líbano e Israel, cerca de ese territorio que llaman la Blue Line y tiene nombre de marca de ropa de hipermercado, un soldado daba un discurso en el quicio de la tercera guerra mundial. Detrás de aquellos montes, la fuerza Radwan de Hizbolá y las tropas Unifil que hace tiempo están allí viendo la vida pasar.

 Alrededor de nuestro interlocutor sonaban, leves como tracas de petardos infantiles, los disparos de entrenamiento de unos chicos que fumaban tabaco de liar y que hoy imagino más allá de la frontera camino del río Limani. También pastaban por allí unas cabras blancas, marrones y negras, ausentes y circunspectas, que nos miraban con aire socarrón y despreciativo, tocadas bajo sus pequeñas mandíbulas con puntiagudas barbas que les otorgaban un aire de poeta del Siglo de Oro. Ese tipo, con su fusil de asalto cubierto de pintura de camuflaje, no paraba de hablar, y no pudiendo seguir su enérgico discurso, yo pensé que de la leche de aquellas cabras galileas y bíblicas habría de hacerse un queso riquísimo.

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Venía a celebrar el otoño, un tiempo huérfano, ideal para que se te vaya la olla. El verano es una estación para arrimar, la primavera, una noción del futuro, y el invierno, un catarrazo. El otoño, que en euskera se nombra ‘ el último verano’, en cambio se presenta como el tiempo de la contemplación, la quietud, la necesaria divagación y, en general, la constatación del paso del tiempo sobre el lecho de una melancolía que da un gusto que no veas. Hay que sentarse a leer junto al fuego, perderse en viejos poemas y celebrar la hoja muerta, la ceniza y el humo que se eleva allí a lo lejos.

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