"Me rebelo contra esa rancia y perturbadora deriva y no renuncio: continuaré amándola y defendiéndola, no me robarán el sueño"

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Luis Arbea

Publicado el 23/09/2024 a las 05:00

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: La noche está estrellada y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”. Así comienza el archiconocido Poema 20 de su breve y emotivo Veinte poemas de amor y una canción desesperada, posiblemente el libro de amor en lengua castellana más leído y por ende más universal del Premio Nobel chileno. Versos que por los cuatro costados sangran amor y desamor, desencanto y melancolía. También yo, hoy, triste y desengañado, entono esa misma canción. Porque la quise y todavía la sigo queriendo, pero ella ya no me mira con aquellas pupilas dilatadas…

Todo empezó en verano de 1977. Me deslumbró la primera vez que la vi, resuelta, rebosando juventud, terriblemente atractiva, esperanzadora. Un tanto atrevida para aquellos tiempos me sonrió con un desparpajo seductor e inesperado. Me enamoré como un tonto, como se enamora un adolescente de ya veinte y bastantes años, llevaba tanto tiempo esperándola... Aquel flechazo, más allá del corazón, me hizo desearla eterna hasta que la muerte nos separara. Ciega era mi pasión y absoluta mi inexperiencia en aquellos menesteres: cuatro escarceos románticos en mi época universitaria sofocados eficazmente por la tan resolutiva como siniestra Brigada Político Social. Habían llegado las primeras elecciones libres. La democracia, joven, moderna, engalanada, presentada por su amiga la transición, nos guiñaba coqueta el ojo a todos los españoles. La mayoría, hombres y mujeres, caímos rendidos a sus pies. Irresistible su atractivo, la novia de España… Todo pintaba de color de rosa e incluso parecía (¡qué ingenuidad!) que todos los políticos la pretendían, decían adorarla y estaban dispuestos a acogerla como una más de la familia.

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Pero poco dura la alegría en casa del pobre: todo ha cambiado, ya nada es como lo había imaginado y tan maravilloso idilio ha pasado a mejor vida. Cosas del amor. Aquel proyecto de convivencia fraternal que todos ilusionábamos se ha ido debilitando (y degenerando) con el paso del tiempo. Todo nuestro gozo en un pozo y es que esto de la democracia, visto lo visto, no resulta precisamente lo más atractivo para determinados colectivos que no saben apreciar su innegable belleza y se rigen por otros cánones que nada tienen que ver con ese amor solidario que a todos nos acerca. Colectivos que, además, la denigran y la acosan (en el fondo la temen) con una incesante y explosiva carga de bulos y mentiras que la acaban sumiendo en una peligrosa crisis de confianza. Ella, impotente, va sintiendo que su encanto se desvanece ante el progresivo desinterés ciudadano y triste, desconfiada y distante ya no me sonríe como antes… mientras yo, perplejo y desconcertado, sufro que la voy perdiendo. No me lo quiero creer, ¿habrá sido todo un sueño?

A pesar de todo la sigo deseando, aunque sus desconcertantes vaivenes me llenan de dudas que me descolocan e inevitablemente me distancian y acaban sumergiéndome en una más que preocupante melancolía: me acongoja pensar que pronto será de otros, como antes de mis besos y que sus ideales ya no descansarán en mi almohada. Sin embargo, mi corazón la sigue buscando, imposible olvidarla. Cosas del amor. Por eso, parafraseando y homenajeando a don Pablo, hoy se cumplen 51 años de su muerte, yo y otros muchos desencantados como yo podemos escribir los versos más tristes y desolados. Escribir, por ejemplo: “La mañana está acalorada y tiritan, torpes y recalcitrantes, nuestras señorías, en el Congreso”. Aun así, y como no quiero caer en el más funesto escepticismo, me rebelo contra esa rancia y perturbadora deriva y no renuncio: continuaré amándola y defendiéndola, no me robarán el sueño. Quiero seguir enamorado.

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