"Las explosiones teledirigidas de 'buscas', 'walkie-talkies', móviles, portátiles y otra cacharrería de la comunicación nos advierten que nadie está a salvo"

Publicado el 21/09/2024 a las 05:00
Hay pocas cosas que nos causen asombro desde que la realidad se propuso hacer competencia desleal a la ficción. Pero de vez en cuando sucede algo que desafía nuestra capacidad de asimilación, por mucho cine distópico que llevemos visto.
Es lo único provechoso que se puede sacar de la matanza de miembros de Hezbolá perpetrada por los servicios secretos de Israel mediante la explosión sincronizada de dispositivos a distancia: la prueba de que aún no estamos tan curados de espanto como suponíamos.
Lo que pasa es que a cambio de conservar algo de inocencia en medio de la barbarie nos acercamos a la psicosis. Si estos objetos de deseo, estas preciadas propiedades, estos fantásticos aparatejos proveedores de deleite y compañía que son nuestros inseparables móviles pueden estallarnos en las manos en cualquier momento, es que algo no funciona como debería.
Bueno, no nos engañemos, pensándolo bien casi nada funciona como debería. Pero a las chapucillas cotidianas sabemos encontrarles la vuelta, mientras que la posibilidad de llevar alojada una bomba en el whatsapp produce escalofríos.
El mes próximo hará un año de la brutal escabechina de Hamás que sirvió de palanca a Israel para ir batiendo sucesivos récords de criminalidad en Gaza. Con la noticia de cada plusmarca caía una porción de nuestra fe en valores que creíamos robustos, desde la ley hasta la compasión y desde la democracia hasta los derechos humanos.
Pese al apagón informativo, en estos doce meses hemos podido ver escenas de una crueldad monstruosa, aunque veladas emocionalmente por la lejanía. Ahora al terror de la guerra se le añade la sensación de vulnerabilidad extrema. Las explosiones teledirigidas de 'buscas', 'walkie-talkies', móviles, portátiles y otra cacharrería de la comunicación nos advierten que nadie está a salvo porque no hay límites en la escalada.
Hasta los artefactos domésticos de distracción masiva han mudado en armas destructivas, lo que podría ser una moraleja barata para uso de predicadores antiprogreso si no fuera una amenaza real que nos incumbe a todos, incluso a los menos sensibilizados contra la guerra. Está visto que en materia de artes asesinas la mente humana no conoce reposo. Así que no descarten otra vuelta de tuerca en este macabro guion.