"La confianza en la capacidad de las democracias para cumplir con las expectativas de bienestar, paz y seguridad se está resquebrajando"

Publicado el 08/09/2024 a las 05:00
La democracia es una rareza histórica. Las formas de organización política predominantes han sido teocracias, monarquías absolutas de origen divino, imperios esclavistas, dictaduras militares, regímenes fascistas o repúblicas populares socialistas. Pocas han aumentado la prosperidad de sus súbditos. La mejora moral del individuo o la emancipación de las minorías mejor ni mencionarlas. La Historia presenta un rosario de opulentas clases dirigentes que se suceden a sí mismas, rodeadas de un mar de miseria. Hoy, según la clasificación realizada por la Unidad de Inteligencia de The Economist, sólo el 6% de la población mundial vive en una democracia plena y un 39% en una democracia deficiente, frente a un 54% que vive en regímenes híbridos o autoritarios. Una organización política fundada en la libertad y la igualdad ante una ley que no sea la de la selva constituye, incluso hoy, una anomalía.
Una frágil anomalía.
Los beneficios de la democracia tienen una doble naturaleza: intangibles y tangibles. Para los primeros, nos remitimos a la Declaración Universal de Derechos Humanos -sobre todo en su primera mitad-. Los segundos son una combinación de libertad económica y bienestar material, e incluyen sanidad, educación, seguridad, defensa, coberturas por desempleo, pensiones, dependencia, derecho a la propiedad, desarrollo personal y profesional, libre emprendimiento, libre mercado, libre acceso a bienes y servicios, libre competencia, etc. Muchos de estos últimos figuran también en la Declaración (artículos 17, y del 19 a 27). El conjunto constituye un delicado entramado cuya gestión – léase financiación- resulta cada vez más compleja.
El fallo en la provisión de los tangibles pone en riesgo los intangibles, que devienen un tanto accesorios y “literarios. Un dicho alemán contrapone el derecho a comer y el derecho a leer (Recht zu essen, oder Recht zu lessen). La libertad no alimenta, alimentan las patatas, pero las pruebas indican que la falta de libertades y la pobreza suelen venir de la mano. Bien es cierto que lo que llamamos necesidades primarias se han multiplicado. No se trata sólo de comer: donde antes había disturbios por el pan, el trabajo o el techo ahora hay ansiedad porque no funciona el Instagram.
La complejidad de los problemas a los que nos enfrentamos nos abruma, y estamos a cada vez más dispuestos a renunciar a derechos inalienables si a cambio alguien hace “lo que hay que hacer”. Si tal cosa se consigue, además, “en dos patadas”, como suelen prometer los expeditivos solucionadores contemporáneos, mejor que mejor. Si la primera patada se la llevan los etéreos valores democráticos ¿a quién le va a importar? No es otro, creo, el origen del presente desapego democrático. ¿Podemos cuantificar este desapego, o es sólo una percepción catastrofista?
En septiembre de 2023, la Open Society Fundations publicó su barómetro anual. Este documento recoge las conclusiones de un trabajo de campo sobre 30.000 individuos de 30 países distintos, abarcando una amplio espectro de condiciones económicas, culturales y sociales. Entre sus conclusiones, llamó la atención que, entre los 18 y los 35 años de edad, solo el 57 por ciento prefiere la democracia a cualquier otra forma de gobierno, frente al 71 por ciento de los de mayor edad.
En España, las últimas encuestas confirman estos datos. Es de suponer que semejante tendencia se acentúe conforme se incorporen al censo las generaciones que soportan sus incertidumbre vitales en medio del presente estado de algarada, y vayamos faltando quienes sabemos qué oscuridades aguardan a la vuelta de la esquina.
La confianza en la capacidad de las democracias para cumplir con las expectativas de bienestar, paz y seguridad se está resquebrajando. En las fisuras hacen cuña los especuladores del miedo y del resentimiento. Son muchos los que van renegando de una experiencia democrática que se percibe estéril, mezcla de liturgia electoral y pugilato soez. Ofuscados, saltan (sin red, pero esto de esto ya se enterarán) de la vieja a la nueva política, y después a la novísima, ignorando que no hay redención en ninguna política, y esperanza en casi ninguna. Están, por fortuna, mucho más allá de la política. La historia pulsa, no sólo discurre. La deriva autoritaria o populista no es tal deriva, es un movimiento al que la suma de nuestras acciones y dejaciones proporciona el empuje y dirección. Escupamos, repudiemos a los especuladores del miedo y el resentimiento, y se retirarán... aunque pensando en volver. ¿Vienen tiempos sombríos? Para una parte de la humanidad ya están aquí, para otra nunca se han ido. Otros los percibimos como una punzante amenaza, pero como escribió Vasili Grossman “el hombre condenado a la esclavitud es esclavo por destino, y no por naturaleza. La aspiración de la naturaleza humana a la libertad es invencible: puede ser aplastada, pero no aniquilada”. No perdamos la esperanza.
Alfredo Arizmendi Ubanell. Licenciado en Medicina (UNAV), Licenciado en Odontología (UAX), Master en Comunicación Científica (UPF)