El desespero de las listas de espera

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Jose Miguel Iriberri

Publicado el 02/09/2024 a las 05:00

La lista de espera (léase en plural) es el mal de nuestra sanidad pública. Y duele. Aquí no hay verano que valga, con sus cambios estacionales: la enfermedad mantiene sus niveles. Crecen las quejas de pacientes y se suceden denuncias de gremios relacionados con la salud, auténtica radiografía del cuadro clínico. El que no se deprime es porque no se informa. 

A punto del verano, todos los ciudadanos -los que están en listas y los que temen engrosarlas- pudieron sentir un golpe de optimismo, no exento de orgullo comunitario, cuando la Administración presentó el plan especial en torno a Sanfermines. Todo estaba calculado, con personal, medios y estructura, para responder a la multiplicación de riesgos. Y como el despliegue era de nota, el sol salía deslumbrante por los ambulatorios. O eso creíamos. Sin embargo, el arreón optimista de Vísperas duró lo que tarda en llegar la Octava. 

Y los centros de salud empezaron a darnos los buenos días con anuncios de los de echarse a correr y meterse en la cama. Ya saben: hoy faltan 3, 2, 5 médicos. Y si no hay médico, ni siquiera hay lista de espera. Puro desespero.

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En una carta, profesionales del Sindicato Médico Navarro comunicaban que llevan años denunciando “el déficit de médicos y la falta de medidas eficaces para corregirlo”. La radiografía de la situación recogida por distintas zonas de Navarra dibujaba un mapa poblado de ausencias de médicos y sobrecargas de trabajo. Cuando te enteras, en otro momento, de que casi el 100% de los niños con cardiopatías están en lista de espera, según queja de los familiares, la espera provoca un singular desespero.

En el balance del primer año de legislatura, la presidenta Chivite comunicó que todo iba mejor gracias a la acción de su gobierno “tranquilo, sereno y útil”. Y en ese todo incluía naturalmente el sistema sanitario, al que “inyectaban efectividad”. Si no se pasan de rosca con las dosis diarias de serenidad y tranquilidad, el tríptico gubernamental sonará de maravilla. Siempre y cuando la utilidad, que debería de darse por supuesta, gane la categoría de apabullante en la gestión sanitaria. Porque a este paso no parece que la efectividad sumará lo suficiente para alcanzar, en 2027, la meta de listas soportables. 

Ha transcurrido uno de los cuatro cursos del mandato y el primer parcial no promete precisamente una calificación final de aprobado. (Aprobado, decía un profe del Ximénez de Rada, es el que se sabe la asignatura. La de las listas tiene 60.000 líneas).

El Estado del bienestar se tambalea por una de sus principales columnas. Los del club de veteranos de la guerra de Cuba, o casi, principales proveedores de las listas, no pillaremos ya el tren de alta velocidad. Lo nuestro es más de andar por casa: se trata de llegar a pie, con el cuerpo encima, al punto indicado en la lista de espera de salud. Venga, empieza el curso. Y ánimo, que la esperanza no es lo último que se pierde. José Miguel Iriberri es periodista

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