"Entre la luz de la razón y el calor de las mentiras familiares, la elección es clara: preferimos el calorcito"

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José María Romera

Actualizado el 23/08/2024 a las 23:33

De nuevo la inquietud por los bulos invade eso que hemos dado en llamar, no sin cierta benevolencia, "conversación pública". Ante la cantidad inagotable de embustes y calumnias que se publican cada día, todos se muestran partidarios de atajar las falsedades y reconciliarse con la verdad, pero pocos son capaces de dar con la fórmula para hacer efectivo ese deseo. Quizá se deba a aquello que dijo Bernard Shaw de que un bulo es como una avispa: si no puedes matarla al primer golpe, mejor no te metas con ella. O puede que la mentira sea, como sentenció Revel, la primera fuerza que gobierna el mundo. De modo que aquí andamos, alanceando molinos pero con menos ímpetu y determinación que don Quijote. Que la mentira es dañina, nadie lo duda. No por ello se la considera indeseable en una refriega política entregada a la polarización donde mandan los impulsos emocionales. Esta es una de las razones para la fácil propagación de la mentira: el hecho de que proporciona beneficios, incluso cuando queda desmontada con pruebas definitivas. Contra lo que se suele pensar, la verdad no está muy solicitada. Podría decirse sin ninguna exageración que no hay una demanda real de verdad. La gente cree lo que quiere creer, ni más ni menos. Y por regla general quiere creer lo que le dictan la ortodoxia de la tribu y los preceptos de su confesión, aunque choquen contra toda evidencia racional. Estamos muy bien dotados para movernos con soltura entre ficciones, patrañas, creencias infundadas, invenciones fantasiosas e interpretaciones sesgadas de la realidad, pero vérselas con la verdad requiere unas dosis de esfuerzo y de coraje que no están a nuestro alcance. Entre la luz de la razón y el calor de las mentiras familiares, la elección es clara: preferimos el calorcito. Y además la verdad rara vez es tan interesante como un buen bulo hecho a nuestra medida y coloreado con nuestros tonos preferidos. Como de esta propensión a creer lo que conviene no están libres ni políticos, ni informadores, ni jueces, ni educadores, porque sus cerebros han sido moldeados en la misma factoría de la que provenimos el resto de los mortales, el futuro del bulo está garantizado. 

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