Zapatero, el rayo que no 'zeja'

Publicado el 17/08/2024 a las 05:00
Es cosa segura que en Venezuela se ha producido un descomunal fraude electoral. Que Alexander Vega Rocha, magistrado y presidente del Consejo Nacional Electoral de Colombia, supervisor de hasta 38 procesos electorales en todo el mundo haya dicho que es la primera vez que ve un fraude de esta categoría deja establecida la gravedad del caso.
La represión de las protestas por Maduro, que ha dejado muertos, herido y detenidos, no hace más que confirmar la naturaleza criminal de su régimen. Es enternecedor ver la temblequera de las izquierdas españolas, suspensas como el asno de Buridán entre la servil humillación ante el compañero Nicolás y cierto escalofrío en el espinazo que, a su pesar, les sugiere que algo raro debe de estar pasando. Creo que tanto funambulismo acabará con sus nervios.
El histrión Maduro, embutido en chándal tricolor, soltando necedades y fanfarronadas a ritmo de monologuista cutre es, (dígase una vez más porque nunca será suficiente), un dictador y un asesino. Como Pinochet o Videla, como Castro, como los Ortega. Que la vicepresidenta Díaz dijera “Lo primero es reconocer los resultados, porque es lo que hacemos los demócratas, y en segundo lugar, ante la duda, transparencia”, da buena medida del problema. No de Venezuela, que también, sino de España y su gobierno. ¿reconoceremos los resultados, como buenos demócratas, si a Viktor Orban, por poner un ejemplo, se le ocurre manipular unas elecciones? Pues eso, salvo que la única ley a la que nos sujetemos sea la del embudo.
Aunque la vicepresidenta insista en ignorarlo, el orden de los factores, en esta ocasión, altera significativamente el producto. Para reconocer unos resultados, lo que hay que tener son… unos resultados. En Venezuela, sin actas, que es el quid de la cuestión, malamente habrá resultados que reconocer. A pesar del engolamiento, los énfasis y el tono general de estar hablando con parvulitos, la vicepresidenta Díaz no engaña más que a los suyos: lo primero siempre es la transparencia, después los resultados y por último el reconocimiento de dichos resultados. Solo las democracias maduras dan la transparencia por supuesta. No es el caso venezolano, lamentablemente para el país hermano.
Con todo, lo de Yolanda Díaz es anecdótico, por muy vicepresidenta del Gobierno que sea. Yolanda Díaz no es más que un aperitivo ligero. Un suflé, si se quiere.
El plato indigerible es José Luis Rodríguez Zapatero: el rayo que no zeja.
José Luis Rodríguez Zapatero dejó la presidencia del gobierno tras las elecciones del 20 de noviembre de 2011, después de una legislatura de crisis económica rampante. Para entonces se había convertido prácticamente en un apestado dentro del PSOE. Era evitado por los líderes regionales en sus mítines, como si fuera gafe, y acabó por no aparecer por la fiesta minera de Rodiezmo, con la que iniciaba su curso político cuando las cosas le iban viento en popa y la epifanía obrera le redituaba dividendos en imagen. Si su asistencia era “explotación mediática” según acertada expresión de Enric Juliana, desaparecer fue simple cobardía. Nadie consideraba entonces que Zapatero fuera un “activo del PSOE”.
Tras la irrupción del populismo de izquierda en la política nacional (a finales de 2014 Zapatero, Pablo Iglesias y Errejón mantuvieron una reunión “discreta” en la que se habló de Latinoamérica), Zapatero cruzó el charco. Su papel oficioso fue primero de “mediador” en Venezuela, aunque su posición se fue tornando complaciente con el régimen bolivariano. Sorprenderse de su conducta tras las elecciones es puro cinismo. Su clamoroso silencio ante las graves irregularidades cometidas por Maduro, con todo lo significativo que resulta en un personaje de tan untuosa locuacidad, ocultaba además un trabajo en la sombra, presionando a los miembros del Grupo de Puebla para que no pidieran la publicación de las actas. Una vez más el Zapatero de las clandestinidades
En julio de 2023 -tampoco hace tanto tiempo- el PSOE decidió que Zapatero, cuya conducta dicen hoy no comprender, era un activo importante del partido, y le encomendó un destacado papel en la campaña electoral. Uno empieza a pensar si no será Zapatero el que ha recuperado al PSOE como activo propio. Solo así se explica que no haya sido suspendido de militancia por defender a un dictador, habiendo expulsado del partido a socialistas perfectamente decentes como Nicolás Redondo Terreros por defender la igualdad de todos ante la ley.
Alfredo Arizmendi Ubanell es médico.