ETA y las fiestas, un escaparate indigno

Los 71 actos de apoyo a la banda terrorista que ha contabilizado Covite este verano en Navarra y País Vasco muestran la apropiación de la calle y el falso relato que trata de imponer la izquierda abertzale

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Editorial DN

Publicado el 17/08/2024 a las 05:00

Como cada verano desde hace años, el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite) viene realizando una completa recopilación de los actos de apoyo, homenaje y ensalzamiento a la banda terrorista ETA y sus secuaces que se organizan en las fiestas patronales de Navarra y del País Vasco. 

Y el balance no puede ser más desolador. 

Agosto apenas acaba de superar su ecuador y son ya 71 los actos que Covite ha constatado visualmente y denunciado en sus redes sociales. Pancartas, pintadas y la exhibición en lugares bien visibles de los rostros de los etarras, dándoles un tratamiento implícito que los asemeja a héroes. Ello cuando nunca debiera olvidarse que se trata de terroristas, en la mayoría de los casos condenados por delitos de sangre. 

Es impropio de una sociedad sana tragar con un relato que, muchas veces, trata de imponerse desde los propios ayuntamientos gobernados por EH Bildu. No en vano, son quienes impulsan estas acciones mediante su inclusión en los programas oficiales de fiestas. Quienes congregan a la población en torno a brindis por los terroristas y quienes exigen su puesta en libertad con un Etxera que sólo evidencia la concepción trasnochada que la izquierda abertzale tiene de la justicia penal. Si han de volver a casa no es por haber cumplido sus condenas y haberse arrepentido de sus crímenes, sino porque se estaría ante un castigo injusto e inmerecido. 

No cabe mayor dislate cuando se trata de personas que mataron o ayudaron a matar.

 Tampoco deja de ser un tanto hipócrita que esos mismos consistorios se esfuercen ahora en campañas mediáticas a favor de unas fiestas igualitarias, inclusivas y seguras cuando, al mismo tiempo, recuerdan y edulcoran al grupúsculo que trató de imponer a sangre y fuego sobre la mayoría su febril sueño de independencia. 

Finalizada la violencia etarra, una parte de la ciudadanía y del arco político ha comprado el discurso de la normalización y hace oídos sordos a esta apropiación indigna de la calle, cual si el silencio fuera el precio a pagar por la ansiada paz. Y no lo es. 

Si matar fue horrible, si secuestrar nunca fue justificable, si el chantaje fue inadmisible, exhibir a sus perpetradores en un escaparate festivo ante las nuevas generaciones también lo es. Y las víctimas, como el resto de la sociedad, no merecen toparse de bruces en fiestas con esta simbología falsaria, sino verdad, memoria, dignidad y justicia.

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