"Falces es el encierro más emocionante de todos y a los que hemos estado allí, cuando lo vemos por la tele, se nos pone la patata a dos mil por hora"

Publicado el 14/08/2024 a las 05:00
Para ahorrar ‘matripuntos’ he visto el encierro de Falces por la tele y casi no se aprecia la cuesta. En televisión el mundo es una inmensa llanura pues el tiro de cámara desconoce el vacío y superpone los planos como un bocata de magras con tomate cuando lo sacas en los toros todo aplastado.
Tú ves la cuesta del Pilón en la tele y parece uno de esos senderos que ha puesto en valor alguna diputación, con barandillas, señalética de colores, puentes sobre los arroyos y un código que indica si se puede recorrer en una hora y doce minutos con calzado de trekking de suela media. Y no.
“¡Íñigo!”, grito de pronto, y cuando se aparece en el plano, Íñigo lleva las vacas en el culo y aguanta el tirón hasta la última cuesta abriendo los brazos como si volara con la Patrulla Águila. Una zancada más, y otra, y otra, allá va, y se retira en un espacio imposible. Íñigo corre a la manera de los Pitutos, esto es bien y con cojones, y abre la zancada y aguanta en la cara más que un buzo debajo del agua. Lo reconozco por la blusa verde que flamea ante la manada como una bandera de Esperanza que por cierto tanta falta nos está haciendo en las UCIS.
El Pilón es una tumba abierta, un salto al vacío de 800 metros de largo y 185 pulsaciones por minuto de ancho de manera que, si entras en la curva de la Fuente Los Pajaricos te da la sensación de que no cabes aunque entres con Arturo, que está más delgado que un novillero. Falces es el encierro más emocionante de todos y a los que hemos estado allí, cuando lo vemos por la tele, se nos pone la patata a dos mil por hora.
El Pilón se aparece entonces como una extrasístole, un fogonazo de verdad en el tiempo en el que el Gran Prix se graba sin vacas bravas y, en lugar de a Ortega y Manolete, hay youtubers. Entre todo lo banal se aparece la cuesta, la poza y el corral allí arriba, con las vacas cogiendo la primera curva en un silencio de pezuñas y charangas lejanísimas. Entonces regresamos al momento en el que en los montes de Navarra, el primer hombre se encontró con el primer toro, y ahí es cuando empezó todo.