De la investidura de Illa y sus consecuencias

Publicado el 10/08/2024 a las 05:00
Este 8 de agosto, se presentaba pleno de expectativas. Por un lado, el exPresident Puigdemont, prófugo de la Justicia española, amnistiado por Sánchez y sus socios mediante la polémica ley de amnistía (LO 2/2024), había anunciado que volvía a Cataluña. Volveré, había proclamado.
Y lo ha hecho, pero como en la canción de Frank Sinatra, a su manera, es decir, vanagloriándose de estar en su País, y zafándose de la Policía con la connivencia de las autoridades catalanas (Consejería de Gobernación) que manda sobre Los Mossos de Escuadra. También del Gobierno de Sánchez, que seguramente -el tiempo lo dirá- había pactado con el prófugo su impunidad. Lo que se desconocía eran las artes del nuevo mago e ilusionista Puigdemont, que parodiando al famoso Harry Houdine, ha conseguido escabullirse de todas las cadenas, de momento y en cualquier circunstancia.
Puigdemont habrá vuelto, y quizás resucitado políticamente. Pero da la impresión, que ni es Companys (que era un pobre hombre!, del que Franco no se apiadó con su fusilamiento) ni un líder que aglutine el independentismo en Cataluña, sino mas bien un trapisondista con poco recorrido, el que quiera darle Sánchez, el presidente que alentó y alienta el separatismo y que algún día tendrá que responder ante el electorado por crear problemas en vez de resolverlos, con su España confederal.
Hace buena pareja con Zapatero, el amigo de la dictadura venezolana de Maduro, que propició con Maragall en 2003 la deriva catalana que llega hasta nuestro días.
El punto nodal de la agenda del día 8 era la investidura de Salvador Illa, que lo ha conseguido con 68 votos a favor y 66 en contra. El nuevo Presidente de la Generalidad catalana dice ser un seguidor de la escuela del ex presidente Tarradellas, la del consenso. Sin embargo, parece ser más bien un revival de Pascual Maragall, sin las maragalladas de este último, al buscar esta fórmula de gobierno.
Han pasado veinte años desde entonces (2003) pero Salvador Illa con su fórmula del tripartito, recuerda al de Maragall, que tantos males trajo a Cataluña y a España entera. De aquel gobierno formado con la Esquerra (dirigida por Carod Rovira ) y con Iniciatives per Catalunya (hoy sustituidos por Los Comunes, la marca catalana de Podemos-Sumar), vinieron el Pacto del Tinell, esto es la exclusión de cualquier pacto o acuerdo con principal partido entonces en el gobierno (PP de Aznar) y el nou Estatut (2006), que tantos quebraderos de cabeza introdujo en la política española, contaminando a su vez al propio TC, pese a la valiente y más que correcta STC 31/2010, que puso orden en el guirigay constitucional que Zapatero y Maragall de consuno habían facilitado.
Las llamadas fuerzas progresistas celebran el gobierno de un socialista que defiende la España plurinacional, y que tiene como mayor experiencia política su mala gestión como Ministro de Sanidad durante el COVID), y que hereda un panorama complicado al tener dos señores al que servir: al presidente del Gobierno Sánchez, por un lado y a sus socios, hoy aparentemente reconciliados por un instante (Junts y Esquerra), con sus exigencias independentistas, por otro.
El Gobierno de Illa nace con la dependencia del lograr la pactada soberanía fiscal, que confía Sánchez sacar adelante sin respaldo constitucional alguno, mediante la reforma insuficiente por si sola de reforma de la LOFCA (Ley de Financiación de las CC.AA de régimen común), que difícilmente conseguirá, aunque nunca se sabe con un Congreso de los Diputados convertido en un patio de mercaderes, pendiente de sacar cada cual su mejor tajada; algo así como la España constitucional en almoneda.
Nueva experiencia del PSC al frente del Govern de la Generalidad que trae los malos recuerdos de los gobiernos anteriores, el de Maragall y el de Montilla (Govern d´Entesa) agravado por la hipotecas de la financiación y de la consulta o referéndum, que le exigirán a Sánchez para mantenerlo en La Moncloa.
Cada tiempo tiene sus cuitas políticas, económicas y sociales. Sánchez ha contado en lo social con el beneplácito de la paz sindical y del manguerazo de liquidez de los Fondos Next Generation que le han permitido sortear la crisis económica. Pero en lo político ha decidido incendiar España por un plato de lentejas y la sociedad española parece dormitar en un sueño de verano.
Ojalá despierte de su letargo, aunque da la impresión que la generación actual no está en condiciones de alcanzar un nuevo pacto constitucional como el de 1978, camino como la Constitución de Cánovas, de ser constantemente falseada. Y después qué resultará, es la gran pregunta. Terra incógnita.
Manuel Pulido Quecedo es abogado y doctor en derecho.