Memoria e historia de las víctimas

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 09/08/2024 a las 05:00

Una memoria sin historia suele ser una desmemoria, cuando no una antimemoria. Y lo mejor es que la memoria se deje acompañar de la historia y que esta alimente, avive y, a la vez, rija y regule la memoria.

 La aparición de las Víctimas del Terrorismo etarra fue muy tardía entre nosotros, mucho más de lo que fue en varios países europeos, en circunstancias similares a las nuestras. Su presencia, visibilidad y paulatina aceptación por parte de la ciudadanía fue solo cosa suya. Ni los políticos, ni los universitarios, ni los eclesiásticos estuvieron a la altura de su papel responsable y ejemplarizante.

“Nuestro comienzo fue tremendo -escribía Ana María Vidal, una de las fundadoras de la primera Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), creada en 1981, y presidente de la misma entre 1989 y 1999. Nadie nos hacía caso. Pensaban que éramos unas extremistas furiosas y tuvimos que demostrar ser unas personas llenas de sentido común, que lo único que queríamos era ayudar”. Ella misma cuenta que en una parroquia de Madrid -¡no de Euskadi!- se negó el párroco a celebrar una misa por las víctimas del terrorismo, porque la Iglesia “no debía inmiscuirse en política”.

El célebre Pacto de Ajuriaenea (1988) solo las cita una vez y sin que le merezca una reflexión expresa. La hija de un asesinado por la banda terrorista, Cristina Cuesta, creó en 1986 la asociación “Denon Artean-Entre todos”, con el fin de atender a las víctimas del terror en el País Vasco, a lo que se unió luego Gesto por la Paz.

 Pero hasta 1998 no aprobó el Parlamento Español la ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo, en la que se hacía hincapié en la transcendencia moral y en la dignidad personal de las víctimas, y donde se remarcaba la importancia del asociacionismo. Todo ello después de los resonantes asesinatos por la banda terrorista de políticos, más o menos conocidos, como Gregorio Ordóñez (1995), Miguel Ángel Blanco (1997), Tomás Caballero (1998), o el secuestro de José Antonio Ortega Lara (1996-1997).

Por las mismas sinrazones que retrasaron la aparición, aceptación y estimación de las asociaciones de víctimas, no son pocos ahora los que quieren “pasar página”, como neciamente suele decirse, y pasar “a otra cosa, mariposa”, que es la superación por el olvido de toda esa memoria y esa historia. Unos, ya se sabe, porque “todos hemos sufrido” y porque todo fue resultado de un “conflicto político”, al que hay atribuir todo el sufrimiento y todo el sindiós, que, por lo visto, no tuvo autor concreto.

Otros, porque, sin llegar a tamaña desvergüenza, y a fin de llegar a la necesaria “reconciliación”, que ahora pregonan, quieren huir de cualquier “confrontación”, incluida la ideológica y la histórica. Porque, además, dicen que desde el Estado al último mono, raro es quien en esta sociedad no ha violado algunos de los derechos humanos, el decálogo de nuestro tiempo, que un demócrata debe observar. Y, sobre todo, ¡ETA ya dejó de matar y hay un partido democrático que es Sortu-Bildu, socio nada menos de un Gobierno democrático nacional y de otro regional!

El empleo solo de categorías morales anima a muchos a hablar de varios terrorismos en general y a emborronar sus diferencias y características.

Todo para olvidar o, al menos, para difuminar el recuerdo del proyecto totalitario de ETA contra el sistema democrático español a través del crimen y del terror general, mientras fuera posible, socializando el sufrimiento, en orden a conseguir la integración de Navarra en Euskadi y la separación de Euskadi de España.

Nada comparable a cualquier otro terrorismo, por condenable que pudiera ser, reactivo, epidérmico y marginal, incluido el apoyado por ciertos aparatos del Estado. Una de las expresiones más reaccionarias y más torpes, políticamente denunciables, es ese constante y cómodo latiguillo de los que se contentaban y se contentan con que ETA, toda clase de etarras y todos los brazos múltiples que la formaron y expandieron, “condenaran” y “condenen” alguna vez su criminal ejecutoria.

¡Como si todo consistiera en un propósito meramente moral a la hora de su organización y a la hora de su desistimiento!

Es, pues, no solo la hora de la memoria, sino también la de la historia, y de todo aquello que la nutra, la sostenga y la difunda: tesis, libros, conferencias, artículos, asociaciones, fundaciones, coloquios, celebraciones...

Al decir de Luis Castells, que sigue a Ignatieff, “el objetivo del historiador no debe ser adecuar su relato a las convenciones sociales, sino, más modestamente, (...) a reducir el número de mentiras sin que nadie las desmienta”.

En el 24º aniversario del asesinato de Francisco Casanova.

Víctor Manuel Arbeloa es escritor

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