"Una cosa hay que agradecer a Puigdemont, quien en su intento de escribir otro capítulo de su gloriosa leyenda se ha precipitado al abismo del desprestigio absoluto"

Actualizado el 10/08/2024 a las 00:22
Escapó Puigdemont, pero el éxito de su fuga no significa que saliera ganando. Al menos así lo indica la avalancha de críticas desfavorables al número cómico con el que pretendió eclipsar el acto de investidura del nuevo presidente catalán.
La política entendida como espectáculo empieza a ponerse difícil. Ya no basta con soltar un par de tuits ofensivos que agiten la charca de las redes ni con provocar un escándalo para concentrar la atención del gremio tertuliano.
La oferta circense no solo es nutrida, sino que ha alcanzado un alto nivel de profesionalización. Si montas una función, más vale que lo hagas a lo grande. De lo contrario te caerán los tomates que le están cayendo al huido de la justicia por haber tramado un guion tan chusco, con un discurso tan hueco, en un escenario tan parco y con un final tan innoble.
Ni siquiera la grey independentista merecía tal castigo. Entretanto, Illa era investido presidente. Ha sido el triunfo de la política sobre la antipolítica, de la normalidad sobre la anomalía, y del estilo sigiloso, moderado y sereno sobre el ruidoso, histriónico y desquiciado.
Una cosa hay que agradecer a Puigdemont, quien en su intento de escribir otro capítulo de su gloriosa leyenda se ha precipitado al abismo del desprestigio absoluto: que haya llevado el embrollo catalán, que por momentos parecía tomar de nuevo la senda del dramatismo, al espacio de lo ridículo, una zona de recreo muy apropiada para estos meses de sopor.
En circunstancias normales, estaríamos hablando de la inmolación de un personaje político caído en la irrelevancia, víctima de su egolatría. Pero hay un detalle que mantiene con aliento al exhonorable Puigdemont. Se llama siete votos.
Mientras disponga de ellos podremos hacer en torno a él todos los chistes que queramos, podremos considerarlo a él mismo un chiste de Gila o un episodio grotesco de novela de Eduardo Mendoza, pero mantendrá el poder de condicionar decisiones de Gobierno que nos afectan a todos.
Así las cosas, ¿será descabellado sospechar que la performance de su aparición y su fuga haya contado con la colaboración, activa o pasiva, de alguien más que unos policías indolentes y unos leales fans provistos de gorros de paja y sueños de independencia?