"Tampoco se alegraba del triunfo del país al que pertenece, qué le vamos a hacer, a pesar de que en ese equipo jugaran tres navarros"

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Pedro Charro

Publicado el 22/07/2024 a las 05:00

Todavía da vueltas el asunto de la selección española y la displicencia, cuando no el desprecio hacia la misma, de varios dirigentes del nacionalismo, de Bildu sobre todo.

 Frente a la alegría y las ganas de vivir la final que disputaba España de buena parte de los ciudadanos de Pamplona, por ejemplo, vimos cómo su alcalde permaneció impasible y declaró el día de la final: “todos saben que hoy no juega mi selección” y que la suya sería la de “un estado vasco de Navarra”. 

Tampoco se alegraba del triunfo del país al que pertenece, qué le vamos a hacer, a pesar de que en ese equipo jugaran tres navarros -lo que debía ser motivo de orgullo-, pues no lo vivía como algo suyo. 

Se trata, desde luego, de una falta de empatía hacia los ciudadanos y hacia el resto del país, al que siempre se mira por encima del hombro, teniendo tantas cosas y tantas redes de afecto en común. 

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Pero es, sobre todo, un ejemplo de la irrealidad y la confusión que aqueja a este nacionalismo irredento, que vive en un mundo paralelo, fantástico, sin sentido del ridículo. No es mi selección, pues la mía es otra, nos dicen: la de un país que no existe y además no se ha clasificado. Un delirio. 

Para que Asiron y compañía estuvieran contentos habría que lograr un imposible: incorporar Navarra al proyecto vasco, lograr luego la independencia, unificar los territorios de Francia, crear nuevas fronteras y tras estos trabajos de Hércules -sin duda fuente de enfrentamientos y desgarros sin cuento- habría que formar luego una selección que se clasificara y terminase ganando la Eurocopa. 

Solo entonces parece que podríamos celebrarlo en condiciones y tirar la casa por la ventana, en vez de poner la pantalla en Yamaguchi. 

Hanna Arendt, a la que leo a ratos -el verano da para mucho- se refiere a menudo al nacionalismo, como una ideología que “logra que sus creyentes caigan en la trampa de sus propias ilusiones”. Que crea una utopía y quiere modificar la realidad conforme a ella, escribe. Lo malo es que en ese empeño, digno de mejor causa, nos arrastra a todos.

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