"Las prisas condicionan y marcan nuestro ritmo de vida de tal manera que necesitamos hacer un alto en el camino para que, aunque solo sea por un cierto tiempo, nos relaje"

Actualizado el 19/07/2024 a las 23:53
En este siglo (obviamente se refería al XX) acabaremos con las enfermedades, pero nos matarán las prisas”. Algo así pronosticaba nuestro ínclito Gregorio Marañón y, aunque un tanto agorero, tampoco le faltaba razón. En efecto, no podemos negar que vivimos sumidos en la velocidad en un mundo frenético y agotador: demasiadas cosas en la cabeza que en tantas ocasiones se nos quedan cortas las 24 horas del día esclavos (posiblemente tenga que ser así) de las rutinas y obligaciones laborales, sociales y familiares. Y mil cosas más que nos conducen a una vida contrarreloj (en el mundo rural se supone que la vida es bastante más calmada) con una aceleración interna que en demasiadas ocasiones acaba desquiciando nuestro equilibrio emocional. Ese estrés que mata como intuyera el doctor.
Pues sí, las prisas condicionan y marcan nuestro ritmo de vida de tal manera que necesitamos hacer un alto en el camino para que, aunque solo sea por un cierto tiempo, nos relaje y compense tan peligrosa deriva. Necesitamos ese reposo medicinal que oxigene nuestra mente atribulada, esa siesta de las neuronas cerebrales y las del corazón, las del cuerpo y las del alma. Una necesidad casi biológica. Es el tiempo de vacaciones, ese sueño reparador del verano, el tiempo del ocio liberalizador.
Un ocio que básicamente consistiría en la desconexión y ruptura con nuestra vertiginosa cotidianidad en un balsámico ejercicio de desintoxicación mental. Efectivamente, por un lado, nos vendría de perlas desatender y hasta olvidar, como si de un sueño biológico se tratara, los eventos profesionales, domésticos e incluso políticos que nos tensionan. Una reparadora amnesia de todo lo que nos agota y estresa. Pero también, este respiro veraniego nos sugiere el abandono de las tareas aceleradas, agobiantes e impuestas que soportamos a lo largo del año y la entrega a actividades libres, relajadas y placenteras. O dicho de otra manera haciendo lo que quiero, como quiero y cuando quiero. Un peculiar proceder que nos relajaría el espíritu y nos recargaría las pilas para una nueva andadura. Un ocio digno e inteligente, ese otium cum dignitate que acuñara Cicerón. ¿Puede haber mejor terapia?
Pues curiosamente la hay. No podemos dejar de considerar otra extraordinaria posibilidad de unas vacaciones sanadoras. Me refiero al ocio de los ocios, el cacareado dolce far niente, ese dulce no hacer nada. Sin ir más lejos, ¿se imaginan tumbarse a la sombra, dejar la mente en blanco y entregarse a esa suave y tibia brisa que te acaricia la piel y te va abriendo los poros a la vida mientas que el tiempo, indolente y sin hacer ruido, va pasando? A lo lejos, los gritos bulliciosos de unos niños jugando en el agua o el festivo y musical canto de los pájaros. ¿No les parece maravilloso? Algo más que no hacer nada, algo creativo que merece la pena (el que prueba, repite) y que hasta nos puede ayudar a comprender aquello tan reconocido como enigmático de “la acción en la no acción” que fundamenta el taoísmo. Una experiencia casi mística al alcance de la mano.
En cualquier caso, son variadas las opciones para dar contenido y enriquecer ese alto en el camino que tanto necesitamos y que nos puede posibilitar ser dueños de nuestro tiempo, de esa vida que en nuestra agitada existencia nos pasa por encima y se nos escurre entre los dedos sin la menor conciencia de que somos en el mundo. Una auténtica pena. Menos mal que estas pausas estivales nos pueden facilitar la oportunidad de sentirnos vivos y proporcionarnos así la profiláctica energía que evitará que las prisas acaben llevándonos al otro barrio. La magia de las vacaciones.