"Ah, medusas-huevo frito, me digo, medusas para mojar pan con su par de lonchas de jamón en la mesa del almuerzo de los milagros de Lindachiquía"

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Chapu Apaolaza

Actualizado el 16/07/2024 a las 23:44

Con los años, el quince de julio se traduce en un estado físico que te dura más o menos hasta el Pilón de Falces. Intento olvidar los sanfermines o al menos suspenderlos en una anestesia placentera hecha de recuerdos de abrazos, risas, de toros, de charangas y del Miura Chirrino abriéndose paso. 

Voy por la gran ciudad entre celebraciones y reuniones a merced de un mundo hostil que no se comprende. Me juego la vida entre la rutina un poco como aquel que bajó a los restos del Titanic con un submarino de juguete; se conducía con el mando de la ‘Play’. 

San Fermín se termina en lo mejor, que es cuando el cuerpo se acostumbra a las cosas de la fiesta y ya nada le hiere. Ahí es cuando debe parar y queda suspendido en el purgatorio del verano, que es un planear hacia septiembre sin tren de aterrizaje y con un motor en llamas.

 Acaso el roce del pantalón en las rodillas desolladas en la Cuesta me recuerdan, al subir y bajar de la moto, que todo aquello pasó. Todo yo soy un frito de pimiento, peregrino del atasco y esta extraña ropa de colores que no reconozco. Recuerdo un 14 de julio en la Grada de los Diabéticos de la Monumental de Pamplona cuando Maricarmen Irigoyen, de pronto grito: “¡Mañana, borraja!”. 

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En esas estábamos, cenando unas verduras en la mesa de la cocina en una soledad como de Góngora, cuando encontré la noticia. En las playas de Alicante se ha aparecido una plaga de lo que llaman medusas-huevo frito, entre 15 y 25 centímetros de diámetro, les cuelgan tentáculos y pican, como es natural. 

Cotylorhiza tuberculata es su nombre científico y las han descubierto los miembros de una asociación de aficionados a la meteorología que se dedican a investigar estas cosas, pues el verano es el tiempo de las medusas y también de los pirados. 

Ah, medusas-huevo frito, me digo, medusas para mojar pan con su par de lonchas de jamón en la mesa del almuerzo de los milagros de Lindachiquía, su salsa de tomate, acaso con su ajoarriero y todo, patas fritas, albóndigas a las que Marcelo llamaba ‘pelotillas’, por qué no. Medusas-huevo frito con mol de la Ribera, gaseosa Konga, un cortadito, un gin tonic y vamos a pedir la cuenta que no llegamos al encierro txiki.

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