"Sería trágico que a las guerras entre naciones se sumara un inédito conflicto entre generaciones"

Publicado el 14/07/2024 a las 05:00
En las sociedades tradicionales manda la tradición, lo que siempre se ha hecho. Se desconfía de la novedad, que se percibe como una amenaza para la estabilidad. Por ejemplo, hay tribus africanas que disponen de varias palabras para designar el pasado, una para nombrar el presente y ninguna para referirse al futuro. Este no tiene una entidad propia, distinta, se le considera una mera prolongación del presente. En una sociedad así, el grupo más relevante es el de los ancianos. De una parte, son pocos, pues la esperanza de vida es muy reducida. Llegar a ser mayor constituye toda una hazaña. Podríamos ver aquí una particular aplicación de la ley de la oferta y la demanda: lo que abunda se deprecia, mientras que lo que escasea se aprecia.
De otra parte, los mayores son los depositarios y custodios de las tradiciones, conservan viva la memoria del pasado, saben cómo actuar en emergencias de todo tipo, pues seguramente ya han pasado por circunstancias similares. Todavía hoy, en culturas como la china o la musulmana, los mayores siguen teniendo gran importancia en la orientación vital de los jóvenes: elección de cónyuge o de profesión, etcétera. Es verdad que muchos jóvenes se van emancipando -en buena medida, por la influencia occidental-, pero el peso de la tradición sigue siendo notable.
La modernidad implica cambios profundos. La libertad se vive ahora como emancipación, como liberación: del pasado, que se considera obsoleto; de la realidad, que deja de ser el criterio para la verdad (adecuación a la realidad) y el bien (hacer justicia a la realidad); de Dios, autor de la realidad. El moderno, que sabe y puede mucho gracias a la ciencia y a la tecnología, “toma el mando” de la sociedad y de la historia. El gran mito va a ser ahora el progreso, alimentado justamente por el desarrollo científico, que desembocará en la instauración de la utopía, en el paraíso terrenal recuperado. Una sociedad así mira hacia adelante y privilegia a la juventud, el grupo que tiene futuro. El joven encarna la belleza, el vigor, la creatividad.
Hay que ser joven o, al menos, parecerlo. Los iconos populares son jóvenes: deportistas, cantantes, actores, modelos, influencers. Y como el tiempo pasa implacable, surge toda una industria para paliar o enmascarar sus efectos: fitness, wellness, body building, dietas milagro, cosmética. Los candidatos políticos y todos aquellos que necesitan del apoyo popular se esfuerzan por parecer jóvenes a toda costa.
En junio hemos asistido a las celebraciones de final de ciclo de estudios. En los discursos que pronuncian tanto los padrinos como los responsables de los centros académicos se exalta a la juventud con los términos más solemnes. Pero los jóvenes occidentales de hoy ya no se creen esa narrativa: el “folleto” que los mayores ponen en sus manos habla de un futuro prometedor, lleno de brillantes expectativas, pero la realidad que perciben resulta más bien sombría: trabajo incierto, contratos precarios, sueldos de hambre, vivienda inaccesible… Hay una escandalosa contradicción entre el discurso oficial y la realidad, y como los jóvenes no son estúpidos, no se creen esa palabrería tan bienintencionada como falsa.
Los jóvenes occidentales ya no esperan gran cosa del futuro. Hay dos indicadores que así lo confirman, uno económico y otro demográfico. El económico: la bajísima tasa de ahorro. El demográfico: la no menos baja tasa de natalidad. Ahorrar y engendrar solo tienen sentido si se apuesta por el futuro. Si este se vuelve incierto o incluso amenazador, los jóvenes ni tienen hijos ni ahorran. Se instalan en el presente y viven el carpe diem: el famoso presentismo juvenil. El planeta contempla un escenario demográfico inédito: los mayores van a superar en número a los jóvenes. Más en concreto: los mayores de 65 años son más que los menores de 15 años. Este vuelco se dio por primera vez en Japón, el país más envejecido del mundo, y se advierte también en Occidente.
Peligra el pacto intergeneracional en nuestras sociedades: cada vez menos jóvenes y adultos en edad de trabajar deberán mantener a un número cada vez mayor de ancianos. Las cuentas no salen, y demógrafos y economistas formulan pronósticos sobre la fecha en que quebrarán los sistemas de la seguridad social. Los políticos son conscientes de la gravedad de la situación, pero reaccionan con lentitud. De una parte, esa catástrofe no es inminente y los gobiernos no suelen mirar mucho más allá de la próxima convocatoria electoral. De otra, los mayores constituyen la principal bolsa de votantes, por lo que casi ningún gobierno se atreve a actuar en su contra. El enfrentamiento está servido. Por ejemplo, no me parece casual que cada vez más países vayan aprobando leyes que promueven la eutanasia o el suicidio asistido. Corren vientos de guerra en el mundo: sería trágico que a las guerras entre naciones se sumara un inédito conflicto entre generaciones.
Alejandro Navas. Sociólogo