El crítico taurino Joaquín Vidal se refirió a los picadores con otro sintagma de trazos parecidos: “la blindada de picar”

Actualizado el 14/07/2024 a las 11:03
Antes de acuñar el término “acorazada de picar” que se ha hecho tan célebre, el crítico taurino Joaquín Vidal se refirió a los picadores con otro sintagma de trazos parecidos: “la blindada de picar”. Lo hizo por primera vez en su crónica de la feria de Pamplona del 13 de julio de 1984, del que hoy se cumplen cuarenta años. Se lidiaron toros del marqués de Domecq, despachados sin pena ni gloria por el Niño de la Capea, José Antonio Campuzano y Curro Durán, previo cruel castigo infligido por una “blindada de picar” que los dejó “turulatos” y poco menos que inservibles para la lidia tras clavarles la puya no en el reglamentario morrillo sino en la almohadilla torsolumbar, entre otras vejaciones. En la crónica del día siguiente -corrida con toros de Martínez Uranga para Antoñete, Emilio Muñoz y Tomás Campuzano- el crítico volvería a la carga censurando la actuación de la blindada que “arrasó con sus ataques devastadores partiendo costillas de toros inocentes”. Los invectivas de Vidal contra el colectivo del castoreño venían de tiempo atrás. En crónicas anteriores a aquellos días de San Fermín ya había descrito a los picadores con lindezas como “revientatoros”, “bárbaros”, “sanguinarios”, “carniceros” o “matarifes”, pero sin dar aún con la etiqueta que consagraría para lo sucesivo su feroz enemistad hacia ellos. La metáfora de “blindada” parecía el hallazgo perfecto. A las connotaciones bélicas -ergo destructivas- añadía las ideas de impunidad y de arrogancia que inspiran esas fortalezas humanas encaramadas a caballos como muros contra los que van a dar las reses indefensas. Aquel mismo verano, pasados los Sanfermines, Vidal la puliría mudando el nombre “blindada” por el más sonoro y definitivo “acorazada”. Al recordado Joaquín Vidal no le movía tanto la piedad por el toro como la defensa de la integridad de la lidia amenazada por las prácticas abusivas de los picadores -amén de una pulsión literaria de alto voltaje-, pero sus crónicas leídas fuera del ambiente aficionado constituyen un alegato demoledor contra la barbarie taurina. Sus descripciones del tercio de varas apenas difieren de las que pueden encontrarse en antitaurinos irreductibles como Eugenio Noel o Manuel Vicent. Otro servicio prestado por la literatura a la racionalidad, si bien se mira.