"No siempre los turistas se agrupan en hordas, beben sin moderación, vienen a perturbar el sueño de los vecinos y a subirles el precio de los alquileres"

Publicado el 29/06/2024 a las 05:00
Ahora que hemos descubierto que el turismo es el origen de todos los males de la humanidad, rompamos una lanza por el turista. Concedámosle, al menos, el beneficio de la duda. No siempre los turistas se agrupan en hordas, beben sin moderación, vienen a perturbar el sueño de los vecinos y a subirles el precio de los alquileres, colapsan los museos y dejan los centros históricos hechos unos zorros. A veces solo ejercen, educada y pacíficamente, el derecho a la libre circulación. Y, de paso, se entretienen deambulando por las calles, toman el sol en las terrazas, hablan con los lugareños, compran regalos en los comercios locales, hacen fotos que luego colgarán en su muro de Instagram y, en fin, dejan en su destino un leve perfume de cosmopolitismo que eleva la cotización del lugar, eso por lo que tanto suspiran las concejalías de Turismo. No hace falta estudiar Económicas para reconocer dos problemas graves de nuestro país: la dependencia excesiva del sector turístico y las trabas en el acceso a la vivienda para gran parte de la población. Cada uno de ellos requiere sus políticas específicas, que se presentan lo bastante complejas como para huir de la tentación de reducirlas a soluciones fáciles, y menos si estas pasan por señalar a un chivo expiatorio. Acabar con los pisos turísticos en vez de regularlos no parece la mejor fórmula, ni la más igualitaria. Los periódicos habrán abierto hoy sus portadas con la imagen de riadas de coches rumbo a las vacaciones fuera de casa. Es un buen momento para recordar que un tercio de las familias no pueden permitírselas porque sus recursos no les alcanzan para cubrir otras necesidades más básicas. Por no viajar, no viajan ni al supermercado. Quizá la meta política no debería ser la restricción del turismo, sino su fomento hasta ponerlo al alcance de cualquiera. Bajo la búsqueda del ‘turismo de calidad’ (y el consiguiente lamento hostelero de que ya no se hacen turistas como los de antes) se esconde la sospecha de una discriminación que los pisos turísticos han venido a aliviar, aunque sea en pequeña medida. Como dijo el poeta, nadie debería dejar este mundo sin haber visto el mar. ¿Por qué no reivindicar el derecho de todos a ser turistas y a disfrutar de los pequeños lujos de la vida?