"No paraba de pensar en la cantidad de chupasangres de guante blanco que nos rodean y que nada tienen que ver con la decencia y dignidad de Federica"

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Luis Arbea

Publicado el 21/06/2024 a las 05:00

Debe ser cosa del calor pues siempre me ocurre cuando llega el verano, me suceden cosas raras. No se trata de nada alarmante y aunque inofensivo, me da no sé qué contarlo, me invade una inexplicable vergüenza que no acabo de entender.

 En cualquier caso, en un arranque de desnuda sinceridad, me confieso: debo sufrir un grave trastorno de identidad al estilo del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, aunque, eso sí, en versión amable. 

Antes era un tema que me descolocaba y llegaba a preocuparme, pero, ahora, a estas alturas, no, pues se trata de algo ocasional y de un surrealismo inocente, poético, casi místico. El hecho es que en determinadas situaciones me transformo y desarrollo una curiosa capacidad comunicativa con animales no humanos y soy capaz de hablar y confraternizar con ellos. 

Me hablan las ranas, lagartijas, e incluso, en alguna ocasión, los árboles y hasta las piedras. Sí, ya sé que resulta increíble y que ustedes estarán pensando que estoy “p’allá” y tal vez no vayan demasiado desencaminados, pero qué le voy a hacer si me entiendo mejor con animales irracionales que con muchos humanos. ¿Desvaríos de la edad? ¿Delirios de una insolación temprana?

El picor me despertó. Su exasperante revoloteo me irritaba y desafiaba a la vez. Encendí la luz y zapatilla en ristre lo busqué desesperadamente con los más despiadados instintos asesinos borracho de sádica sed de venganza. 

Allí estaba, en un rincón, pequeño, indefenso, rojo de vergüenza, humilde, resignado, como aceptando una muerte inevitable. Sus ojos compungidos me hablaban de perdón… y yo a punto de cometer un crimen de lesa animalidad. 

Fue superior a mis fuerzas, me embargó la ternura. Me relajé. Él, más tranquilo (cosas de telepatía), trataba de disculparse. Un motivo superior justificaba su conducta: su pura supervivencia necesitaba mi plasma salvador. Era una criatura buena, insistía en su alegato, que aportaba al ecosistema su granito de arena colaborando en la polinización de flores y sirviendo solidario, lo aceptaba con total naturalidad, de alimento a otras especies. Feliz y contento cumplía su misión, un personaje admirable.

Me interesé por su vida. Poco que contar, es muy breve, no llega a un mes, me dijo sin el menor asomo dramático y, por cierto, me llamo Federica. Era un mosquito hembra que aceptaba gustosa el incómodo destino que le obligaba a alimentarse de mi sangre (su mirada continuaba pidiendo disculpas) para poder desovar y perpetuar su especie. Todo por los suyos. ¡Mi pequeño díptero, qué grande! Yo también le confié mis aficiones, mis peculiares poderes y acabé compartiendo mi preocupación por la locura del cambio climático, por la progresiva ultra derechización de determinados países y grupos políticos, por el peligroso desprestigio de las instituciones democráticas… y alguna que otra pena más. 

Nadie hubiera dicho que nos acabáramos de conocer, parecíamos amigos de toda la vida. Seguimos hablando un buen rato hasta que le llegó la hora de partir. No nos volveríamos a ver, su esperanza de vida era tan pequeña… Creí ver sus ojos humedecidos, posiblemente los mosquitos también lloran. Y yo, a punto. 

“El próximo año, te visitaré reencarnada en mi tatarabuela. Hasta entonces, Mr. Hyde”. Mírala ella, ¡qué guasona! y parecía una mosquita muerta. Y se fue. Su aleteo me pareció angelical y el zumbido un oratorio de Haendel.

Un conmovedor sentimiento de pérdida no lejos del corazón y un bolo de tristura a la altura del estómago me impedían conciliar el sueño. En mi desvelo, no paraba de pensar en la cantidad de chupasangres de guante blanco que nos rodean y que nada tienen que ver con la decencia y dignidad de Federica.

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